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jueves, 7 de enero de 2021

"Morimos cada día"

El mundo es como es y con la pandemia hemos sido conscientes de la fragilidad e incertidumbre en la que vivimos. Es tu actitud frente a las situaciones la que construye tu realidad, es el discurso interno (si, esa vocecita que tenemos todos y que de vez en cuando te dice: hiciste bien, hiciste mal, pero que idiota eres, te volviste a equivocar., vaya cagada que me mandé... generalmente nos pensamos a nosotros mismos de manera negativa) y tu actitud y aptitud frente a lo que te rodea; lo que genera tu sensación de bienestar o malestar. Hay que recordar que el lenguaje es performativo, según te expresas con los demás y te hablas a ti mismo, creas y percibes tu realidad, de una manera constructivista, es un ciclo que se retroalimenta. Conócete a ti mismo, nos enseñó Socrates, comprende qué "NO QUIERES" en tu vida y empieza a construir sobre lo qué quieres, rodéate de personas que te hagan sentir bien, que te hagan reir, que aporten emociones positivas en tu vida... porque ya ves que la propia vida, el mundo en el que vivimos, se encarga de ponerte en un sitio aleatorio en el cuál a lo mejor no quieres estar, pero si tu red vital es lo suficientemente tupida como para aguantar los embates que la propia vida te propina, podrás VIVIR. "Morimos cada día" le escribió Séneca a su amigo Cayo Musonio Rufo, "Un hombre no puede vivir bien si no sabe como morir bien." Vivir es como un viaje en barco, puedes preparar todo: el barco, el timonel, la comida, los compañeros, los aparatos necesarios para la navegación, etc. Pero nadie puede preparar que aparezca de repente un tormenta o un huracán y todos tus planes, que tan concienzuda y meticulosamente has preparado se vayan a la mierda. Haz el mejor uso posible de lo que está en tu poder y toma el resto como acontezca, escribió Epicteto al principio del Enquiridión, algunas cosas dependen de ti y algunas cosas no dependen de ti. Eche o que hai, dicimos na Galiza. Sonríe y Sé feliz...

martes, 5 de enero de 2016

Cuento De Reyes...

Era una noche cualquiera, estrellada, las luces no eran necesarias, las estrellas iluminaban el corazón de las personas. La hija vivía en una soledad continua, y en víspera de reyes se encontraba,  acompañada por cientos de juguetes, libros y personas que la cuidaban, y a la vez era una hija solitaria.

para ambientar un poco más el cuento, dale al play...
...y sigue leyendo.

Sus padres eran los grandes magos; como todos los padres lo son para sus hijos, eran gigantes con una sabiduría sin fin, omnipotentes y sabios con toda su grandeza, pero todas estas cualidades eran inútiles para ella, porque sus trabajos, a pesar de que les permitían ganar ingentes cantidades de dinero, con los cuales comprar cientos de regalos, a cada cual mas caro e inútil, y contratar decenas de personas: cuidadoras, payasos, magos menores... 
...lo que nunca podían comprar era tiempo, para estar con su hija, porque no lo tenían, ellos trabajaban para que ella tuviera todo lo mejor.

Y esa noche cualquiera, pero estrellada, en un momento libre que tenían en su apretadísima agenda, le preguntaron...

Hija...
...qué costosísimo presente deseas que tus insignes progenitores te ofrezcan en esta fecha tan entrañable???
Deseo unas gafas, para que mis invisibles padres me puedan Ver, ya que mucho dinero ganais y los mejores magos sois...
...me lo podréis ofrecer???

Entonces sus padres, los grandes magos, los millonarios magos, que trabajaban y trabajaban para darle todo a su Queridísima y Amadísima Hija, se preguntaron que era aquella respuesta. Y como con toda su sabiduría, no eran capaces de resolver tamaño misterio, acudieron a la anciana mas sabia de su pueblo, llamada vetusta morla...

[...]Toda aquella Montaña de Cuerno, Attreyu lo comprendió de pronto, era un único y monstruoso animal, una formidable tortuga de pantano: ¡la vetusta Morla!, el ser más viejo de Fantasía.[...]

Y Ella les indicó que debían caminar hasta el lago de la verdad, para desentrañar tan desconocido misterio.

Y como sus padres no estaban dispuestos a dejar de resolver el misterio que les había planteado su hija, fueron junto a la vetusta morla,  a reflejarse en el lago de la Verdad. Al principio, todas las imágenes que les ofrecía el lago les parecieron confusas, momentos de su niñez de pesar y melancolía: una vida uterina triste y estresante, demasiadas obligaciones de sus propias madres y padres; una niñez solitaria y llena de responsabilidades; pocos juegos, ninguna compañía, muchos regalos y juguetes, pero escasos momentos con sus padres para compartirlos. El tiempo fue pasando y la chispa e inocencia infantiles, habían acabado escondidas,  habían aprendido a ser adultos, pero no querían recordar su triste infancia y acabaron bajo profundas capas de insatisfacción y resignación. 

Sus padres no les habían acompañado en sus descubrimientos infantiles, nadie les había regalado, sin estar contratados para ello, su tiempo de forma desinteresada y cariñosa. La soledad había sido su eterna acompañante y los miles de regalos que habían recibido no habían sido más que pobres sustitutos de sus verdaderas necesidades de niños: Amor, compañía, paciencia, respeto y tiempo, tiempo junto a Mamá y Papá. 

Al Contemplar la Verdad de su propia niñez, los magos sintieron una tristeza tan profunda al darse cuenta de que sus sentimientos, eran los mismos, que en estos momentos tenia su hija, que lloraron y lloraron, derramaron lágrimas de tristeza y tiempo perdido, sobre aquel precioso lago, lágrimas que se habían transformado en comprensión y amor, sobre la tibieza y sabiduría de aquellas aguas. 
Su hija solo necesitaba un regalo, y no era material, no valía nada, era tan sencillo, como que quería la compañía de sus padres. Disfrutar de ellos, de sus risas, de sus abrazos, de sus palabras de aliento, de sus besos, de sus enseñanzas, de su amor...
No pierdas la oportunidad de jugar con tus hijos, de reírte con ellos, de abrazarlos, besarlos y acariciarlos todos los días. Lo que menos necesitan es juguetes, cuando les das amor. 
Que el tiempo que estés con ellos, sea un tiempo de calidad, de que ellos y tú disfrutéis. Ellos, con su Amor infinito hacia vosotros, os ofrecen mucho más de lo que puedan costar la play station o la monster high. No te pierdas la infancia de tus hijos por acumular bienes y horas de trabajo, para tener mas dinero. Día a día, ellos van creciendo y se van haciendo mayores, si no pasas ese tiempo con ellos, no lo podrás recuperar jamás.

lunes, 5 de enero de 2015

Solo poseemos aquello que no podemos perder en un naufragio...

"Solo poseemos aquello que no podemos perder en un naufragio" 
-Proverbio hindú-
Cuenta una historia que un viajero había llegado a las afueras de una aldea y acampó bajo un árbol para pasar la noche. De pronto, llegó corriendo un joven que, entusiasmado, le gritó...
 "¡Dame la piedra preciosa!"
 El viajero lo miró desconcertado y le preguntó...
 "Lo siento, pero no sé de qué me hablas". 
Más calmado, el aldeano se sentó a su vera...
 "Ayer por la noche una voz me habló en sueños", le confesó. "Y me aseguró que si al anochecer venía a las afueras de la aldea, encontraría a un viajero que me daría una piedra preciosa que me haría rico para siempre".

El viajero rebuscó en su bolsa y extrajo una piedra del tamaño de un puño... 
"Probablemente se refería a ésta. Me pareció bonita y por eso la cogí. Tómala, ahora es tuya", 
dijo, mientras se la entregaba al joven. ¡Era un diamante! El aldeano, eufórico, lo cogió y regresó a su casa dando saltos de alegría.

Mientras el viajero dormía plácidamente bajo el cielo estrellado, el joven no podía pegar ojo. El miedo a que le robaran su tesoro le había quitado el sueño y pasó toda la noche en vela. Al amanecer, fue de nuevo corriendo en busca de aquel viajero. Nada más verlo, le devolvió el diamante. Y muy seriamente, le suplicó...
 "Por favor, enséñame a conseguir la riqueza que te permite desprenderte de este diamante con tanta facilidad".

 La realidad, por muy dura que sea, es que solo poseemos lo que no podemos perder en un naufragio, y es a nosotros mismos. Por eso creo que debemos dejar de creer que necesitamos tantas y tantas cosas, asumir que nacimos y morimos desnudos, que nada material nos llevamos, que sólo quedarán los recuerdos de las personas que nos conocieron y siempre será así, pero que en el espacio de transición entre esas dos cosas, nacimiento y muerte, podemos disfrutar tanto de estar acompañados como de nuestra necesaria soledad.

lunes, 13 de octubre de 2014

Si el plan A no funciona recuerda que el abecedario tiene 27 letras...

Érase una vez la hija de un viejo hortelano que se quejaba constantemente sobre su vida y sobre lo difícil que le resultaba ir avanzando. Estaba cansada de luchar y no tenía ganas de nada; cuando un problema se solucionaba otro nuevo aparecía y eso le hacía resignarse y sentirse vencida. 

El hortelano le pidió a su hija que se acercara a la cocina de su cabaña y que tomara asiento...
...después, llenó tres recipientes con agua y los colocó sobre fuego. 

Cuando el agua comenzó a hervír colocó en un recipiente una zanahoria, en otro un huevo y en el último vertió unos granos de café. Los dejó hervir sin decir palabra mientras su hija esperaba impacientemente sin comprender qué era lo que su padre hacía. A los veinte minutos el padre apagó el fuego. Sacó las zanahorias y las colocó en un tazón. Sacó los huevos y los colocó en otro plato. Finalmente, coló el café. 
Miró a su hija y le dijo...
 "Qué ves???”. 
"Zanahorias, huevos y café", fue su respuesta. 

La hizo acercarse y le pidió que tocara las zanahorias. Ella lo hizo y notó que estaban blandas. Luego le pidió que tomara un huevo y lo rompiera. Le quitó la cáscara y observó el huevo duro. Luego le pidió que probara el café. Ella sonrió mientras disfrutaba de su dulce aroma. Humildemente la hija preguntó... 
"Qué significa esto, papá???" 
Él le explicó que los tres elementos habían enfrentado la misma adversidad: agua hirviendo. Pero habían reaccionado en forma muy diferente. La zanahoria llegó al agua fuerte, dura; pero después de pasar por el agua hirviendo se había vuelto débil, fácil de deshacer. El huevo había llegado al agua frágil, su cáscara fina protegía su interior líquido; pero después de estar en agua hirviendo, su interior se había endurecido. El café sin embargo era único; después de estar en agua hirviendo, había cambiado el agua. 

"Cual eres tú???", le preguntó a su hija. 
"Cuando la adversidad llama a tu puerta, Cómo respondes??? 
Eres una zanahoria que parece fuerte pero que cuando la adversidad y el dolor te tocan, te vuelves débil y pierdes tu fortaleza??? 
Eres un huevo, que comienza con un corazón maleable??? 
Poseías un espíritu fluido, pero después de una muerte, una separación, o un despido, te has vuelto dura y rígida???
 Por fuera eres igual pero, cómo te has transformado por dentro??? 

O eres como el café???
 El café cambia el agua, el elemento que le causa dolor. Cuando el agua llega al punto de ebullición el café alcanza su mejor sabor. Si eres como el grano de café, cuando las cosas se ponen peor tú reaccionas mejor y haces que las cosas a tu alrededor mejoren. 

Y tú, Cuál de los tres eres???
 Ser un huevo o una zanahoria sólo te perjudica a ti, así que...
Levántate y sigue!!!
 No te pares. Lucha. Porque cuando no vas a tener fuerzas es mañana si lo dejas pasar hoy. Sé fuerte y confía en ti. Aprende a manejar la adversidad. 

lunes, 24 de marzo de 2014

La voluntad de conocimiento debe ser la guía de nuestras vidas.

Debemos hacer cosas por el gusto de hacerlas, y no hacerlas, porque deban servir para algo...

Quien no tenga tiempo para detenerse en las cosas "inútiles", está condenado a convertirse en una máquina sin alma.

En la naturaleza, el árbol con la madera más inútil, es el que más sobrevive, tener buena madera sería su desgracia.

"Lo más útil, es lo inútil. -decía Heidegger- Pero experienciar lo inútil es lo más difícil para el ser humano actual."
"Sólo cuando se conoce la inutilidad puede comenzarse -decía el sabio Zhuang-zi en el S. IX a.c.- a hablar de utilidad."


Y para los que consideran que la literatura es inútil; algo de lo que se jactaba el ex-presidente español Adolfo Suárez, el cual repetía que jamás había leído un libro; reproduzco aquí las palabras con las que García Lorca, dirigía una calurosa invitación, a los estudiantes presentes en un aula de la Universidad de Madrid en 1934...

..."nutran con la literatura ese grano de locura que todos llevamos dentro, sin el cual sería en verdad imprudente vivir."

Escribe Emil Cioran en "desgarradura" que...

...mientras le preparaban la cicuta, Sócrates se ejercitaba con una flauta para aprender una melodía.
 Y a la pregunta... "para qué te servirá???
el filósofo responde impasible...
"para saber esta melodía antes de morir."

...tanto si se practica en el umbral de la muerte, como en cualquier otro momento, la voluntad de conocimiento debe ser la guía de nuestras vidas.

Texto extraído de... "La utilidad de lo inútil." - Nuccio Ordine

martes, 25 de febrero de 2014

La Parábola del Lago...

Había una vez un pequeño pueblo a orillas de un hermoso lago, un lago grande de aguas cristalinas que daba vida y sustento a los lugareños. Con las aguas del lago cultivaban sus huertos y daban de beber a sus bestias y a ellos mismos; las aguas del lago servían para lavar la ropa y la loza. También enfriaban los forjados del herrero, disolvían los tintes del tratante de telas, formaban la masa del pan y, en suma, se empleaban en muchos otros usos de la pequeña economía local. Gracias a la calidad y fácil acceso a las aguas del lago la comunidad había prosperado desde que se había asentado en aquella ribera.
Puesto que el agua del lago era la vida y sustento de aquella población, se habían impuesto unas regulaciones muy estrictas para preservar su calidad. No se permitía verter aguas residuales de la actividad doméstica o artesanal directamente al lago, sino que se tenían que hacer fosas sépticas o usarse para riego, según el caso. Ésa era la regla general, pero de vez en cuando algunos hacían caso omiso y echaban sin más sus desechos al lago de manera más o menos disimulada. Ni que decir tiene que cuando se pillaba al infractor las multas y requisas que se le imponían eran muy considerables, aunque no todo el mundo era igual respecto a esa norma. Era notorio y conocido que el tratante de ganados (el mayor de la región) y el fabricante de telas (que comerciaba incluso con otros países) habían instalado unas discretas tuberías debajo de sus negocios que llevaban sus residuos siguiendo el lecho del lago, bien adentro de sus aguas; pero como daban trabajo a la mitad del pueblo nadie tenía demasiadas ganas de agitar las aguas. También se sospechaba que el Alcalde y algunos otros hombres importantes se las apañaban para descargar parte de sus aguas domésticas directamente en el lago; nadie les había visto hacerlo, pero sí que daba la impresión de que para ellos la carga de cuidar y cegar fosas sépticas de su casa era considerablemente menor que para los demás. El Alcalde siempre se jactaba de que él hacía una mejor gestión de los residuos en su casa, y lo solía jalonar, cuando no había damas presentes, con escatológicos comentarios sobre su aprovechamiento de los alimentos que los otros hombres solían recibir con viriles risotadas y secreta envidia - "Éste sí que sabe", se daban codazos guiñando el ojo, puesto que nadie se creía lo de su "mejor gestión de los residuos" y  a todo el mundo le gustaría hacer lo que el Alcalde, pero no se atrevían. Tal vez por ello, buscando esos privilegios, los más descarados del pueblo optaban de tanto a tanto a la elección de Alcalde, aunque el Alcalde tenía tal trama de amistades y favores debidos (especialmente del tratante de ganado y del fabricante de telas) que era imposible desbancarle.

Un verano las aguas del lago bajaron más de lo que solían. Esto empezó a causarle problemas a la mayoría de los hortelanos y a los ganaderos. El tratante de ganados y el fabricante de telas se las apañaron para que a ellos no les afectase; el Alcalde legisló que ellos debían tener acceso preferente a las aguas ya que, al fin y al cabo, ellos aportaban la mayoría del trabajo en el pueblo y, si era preciso, el agua se podría traer de otros pueblos. Sólo que era tan caro y lento que en la práctica los campesinos no se lo podían permitir, y empezaron a pasar hambre. Los viejos del lugar les dijeron que aguantaran, que sequías así se habían visto en el pasado, y que las aguas volverían a subir. Pero llegó el otoño, el invierno y la primavera, y las aguas del lago no se habían recuperado gran cosa. Y así pasó un año y luego otro, y entre los habitantes de aquel pueblo (que ya había perdido algunos habitantes) comenzaba a cundir el desánimo.

Sucedió que un día de verano empezó a oler mal en el pueblo. Muy mal. Realmente mal. Una peste fétida y pegajosa. Pronto alguien vio de qué se trataba: las salidas de las aguas residuales de las industrias del pueblo estaban ahora a la vista, y su miasma era insoportable. Todo el mundo en el pueblo estuvo de acuerdo en que eso estaba mal, y el Alcalde les impuso severas multas a los dos industriales. Sin embargo, al poco y con la excusa de que esas empresas eran vitales para el pueblo el Ayuntamiento financió las obras para prolongar la extensión de las cañerías. Se dijo que las empresas no podrían acometer los gastos de hacer la depuración de sus aguas residuales en tierra y que al fin y al cabo el lago era grande y lo mejor era, dadas las circunstancias, seguir vertiendo al lago, sólo que más lejos. Mucha gente quedó disconforme con esta explicación y aún más con la solución propuesta, pero nadie osaba disputarle el mando al Alcalde, así que se hizo como dijo.

Pero el agua del lago continuaba bajando año tras año, y el problema de los residuos se hizo más y más acuciante. Por más que se alargaban las cañerías nunca era suficiente, y encima ésas eran obras costosas, que empleaban muchos hombres y madera (que comenzaba a escasear por la falta de agua) durante muchos días; y encima mantener los muchos metros de conducción era cada vez más gravoso. Aunque lo peor fue cuando se encontraron otras pequeñas cañerías, muy bien camufladas, que llevaban sin duda a las casas de varios de los concejales. El Alcalde  despachó a sus ediles con oprobio, aunque hay quien empezaba a sospechar que una de esas cañerías llevaba en realidad a casa del Alcalde; y contribuyó a alimentar aún más esa sensación que los obreros que envió el Ayuntamiento para sellar esas salidas eran todos trabajadores de la fábrica de telas, y tardaron muchos días en acabar la obra y ésta se extendió mucho más allá de donde lógicamente tenían que haber trabajado. De hecho, la gente empezó a darse cuenta de que a veces el Alcalde ordenaba hacer obras que no tenían mucho sentido: un segundo embarcadero a pocos metros del primero, un nuevo granero cuando el primero no se llenaba... La gente comenzaba a murmurar; había quien decía que el Alcalde se llenaba los bolsillos cobrando del carpintero, del tratante de ganado, del comerciante de telas...

Cuando aparecieron los primeros casos de disentería la ira creció en el pueblo. Ya no sólo era que faltase el agua, es que cada vez era de peor calidad. La gente que aún quedaba en el pueblo había llegado al límite. Uno de los eternos aspirantes a alcalde vio su ocasión, y agitó el malestar en beneficio propio; hizo su programa de cambios basándose en observar lo obvio que no funcionaba: cada vez menos agua y de peor calidad, cada vez menos comida... y responsabilizaba al Alcalde de todos los males. Hubo un conato de revuelta rápidamente sofocada, luego otra, y al final se forzó la celebración de unas nuevas elecciones, que ganó el eterno aspirante. El nuevo Alcalde tomó de inmediato una batería de medidas para atajar los problemas causados por la "pésima y corrupta gestión" del anterior, que comenzó por ejecutar a su predecesor, y ejecutar o encarcelar (un poco arbitrariamente) a los anteriores concejales, a sus familias, amigos y allegados. Al final de un modo u otro la mitad del pueblo quedó en el camposanto o forzado, trabajando para el nuevo Alcalde. Y decimos Alcalde y no Ayuntamiento porque entre la batería de medidas anticorrupción estuvo la de no nombrar más concejales; todo el poder lo gestionaba él.

Con el nuevo Alcalde las cosas no iban mejor respecto al agua, pero fueron mucho peor en otro aspecto: el miedo. Un día un vecino comentó que de la vivienda del Alcalde (que era la misma que la del anterior, ya que se mudó allí de inmediato) seguía saliendo agua residual hacia el lago; en seguida el Alcalde lo hizo azotar y le condenó a trabajar forzado de por vida por difamación. Otro vecino denunció que el Alcalde había pactado con el tratante de ganado y el fabricante de telas antes incluso de las primeras revueltas, de modo que él respetaría sus negocios a cambio de su no intervención, cuando no de su apoyo. Este vecino desapareció una noche y nunca nada más de él se supo. Pero lo cierto es que mientras el resto de la gente iba cada vez peor el tratante de ganado y el comerciante de telas seguían como siempre... hasta que pasaron unos años más y sus negocios empezaron a verse gravemente afectados por la escasez de agua y su poca calidad. El lago casi se había secado, y la población de pueblo era ya sólo la décima parte de lo que había sido. Y no es de extrañar: al faltar el agua, de manera más indisimulada el tratante de ganados y el fabricante de telas iban esclavizando a la gente, con la cooperación del Alcalde, que iba imputando delitos cada vez más surrealistas a sus paisanos para dejarlos de forzados de por vida, si no habían escapado ya de esa pesadilla.
Un día llegó al pueblo un geógrafo, un hombre estudioso y muy viajado. Había oído de la prosperidad de otro tiempo del pueblo y se sorprendió al encontrar el sucio, sórdido y decadente poblacho donde sólo pudo encontrar una posada donde alojarse. Habían pasado sólo diez años desde el momento de mayor prosperidad, pero el pueblo rico de antaño parecía una miserable aldea. El lago, cuya orilla lindaba a  pocos metros del pueblo, había retrocedido ahora casi un kilómetro. El geógrafo preguntaba y preguntaba al posadero, uno de los pocos hombres libres que quedaban gracias a que aún podía pagar los onerosos impuestos que había establecido el Alcalde, pero éste callaba temoroso de las represalias. Sólo el último día, cuando el geógrafo ya se marchaba, el posadero se sinceró un poco con él.

- "Al final" - dijo el posadero - "no sé dónde iremos a parar. La corrupción del agua no ha cesado y nos va acabar por matar a todos".

El geógrafo apuró su cerveza - el posadero le había recomendado que no bebiera el agua local ("le hará daño si no está acostumbrado a ella") - y miró al posadero a los ojos.

- "En realidad el verdadero problema es otro. No es que la corrupción del agua no sea un problema; deberían haber respetado siempre la calidad del agua como un bien preciado" - dijo el geógrafo mirando severamente al posadero, hasta que éste bajo la mirada avergonzado - "pero no es por eso que han llegado a esta situación de degradación actual. Si hubieran mantenido los niveles de contaminación y el agua no hubiera bajado, el lago hubiera podido asimilar toda su suciedad, como siempre lo hizo. Hombre, si su niveles de contaminación hubieran crecido sin control por supuesto que eso hubiera causado una crisis como la actual, pero resulta que no es el caso. No. Su verdadero problema es que el nivel del agua ha bajado y bajado sin control".

- "Pero, eso fue algo que vino así, sin que nosotros hiciéramos nada ¿Y qué podíamos hacer nosotros para evitarlo? ¿Cómo podemos hacer cambiar de parecer a la tozuda Naturaleza, si no quiere llover lo suficiente?", repuso el posadero.

- "No es verdad. Conozco bien la pluviometría de esta zona y ha sido constante durante el último siglo. Temperaturas semejantes, mismo régimen de vientos... No, la Naturaleza no ha tenido nada que ver aquí" - dijo el geógrafo, y continuó.

- "Mire, no es verdad que Vds. no hicieran nada. Vds. se llevaron el agua del lago" - el posadero le miraba incrédulo - "o más bien dejaron que se la llevaran. Cuando tenían pequeñas explotaciones y enterraban el agua sucia en los pozos negros ésta se filtraba por el suelo y volvía a la capa freática - el agua que hay en el subsuelo, quiero decir- y de ahí al lago. Incluso, si echaban el agua sucia al lago, las algas degradaban sus residuos y el agua volvía sin problemas a integrarse en el lago. Pero Vds. han dejado irse el agua, con todas esas grandes explotaciones, que se alimentan del agua de aquí: todas esas vacas que llevan a matar lejos, esos cultivos que comercian con ciudades lejanas, la madera que trafican, las telas que venden... Cuando pasaron a la explotación masiva que se llevaba los productos lejos de aquí, el agua que está contenida en todas esas materias no volvió al lago, y éste progresivamente fue secándose, secándose..."

- "¿Y ahora qué?" - dijo el posadero.

- "Y ahora" - dijo el geógrafo poniéndose en pie y cogiendo su sombrero - "todo depende de lo que Vds. decidan. Igual que siempre"

viernes, 23 de agosto de 2013

Vivimos en el mundo del demasiado pero no suficiente...

Vivimos en el mundo del demasiado pero no suficiente; del acceso inmediato a placeres ilegales pero legítimos como antídoto; el mundo de la violencia sin reparos, sin límites, sin quizás, otro resultado posible, que una lenta perpetuación; el mundo del placer compulsivo, sin medida, fuera de cualquier lógica; el mundo de la búsqueda del vértigo, que nos lleva al encuentro del infierno; el mundo de la belleza degenerada del vacío, que conforman nuestras ilusiones perdidas, nuestros sueños incapaces; el mundo en donde las intenciones son inmensas, pero las acciones son diminutas; cada cual posee su caja de resonancia que revela las heridas hundidas en su alma; en nuestros ojos muertos se reflejan las sombras de aquellos que nos han fallado, criticando su culpa, eximiéndonos de la nuestra; el mundo de las palabras mentirosas que buscan esconder esa comunicación no verbal que intenta delatarnos; para qué soñar, si luego lloro, y no puedo soportarlo; la vida se perfila demasiado opulenta y nebulosa, para dejar sitio a nuestros sueños, a nuestras ilusiones; vivimos sedientos y hambrientos de creencias y prejuicios, que nos conducen a obrar como necios, incluso a sabiendas del daño que causamos; este mundo y su sistema de dominación nos conduce a la degeneración del propio sistema, que se devora a sí mismo; los muertos son sólo números, mientras contamos nuestros billetes; cada vez somos más, lo que tenemos, y menos lo que sentimos; los principios son el papel con el que limpiamos nuestra mierda, mientras exigimos su cumplimiento al vecino, obligándolo a que recicle los suyos, convirtiéndolos en los nuestros, para que su mierda no nos salpique; nos maltratamos, nos engañamos, intentando encontrar una coherencia que no nos raje las entrañas, mientras pensamos una cosa, decimos otra, haciendo la contraria; aceptamos la represión de quienes se encuentran por encima de nosotros, sin considerarla violencia, por miedo a nombrarla y que nos golpee, porque si no la nombramos, creemos que no duele; es el mundo que nos engaña protegiéndonos de las consecuencias de nuestros errores, antes incluso de cometerlos, traicionando nuestras vidas, porque dejan de ser nuestras; la transgresión deja de tener sentido si copula con el engranaje de la explotación y profundiza en la ideología de la incompetencia; la curiosidad ha dejado de mover el mundo, porque la gran mayoría de las personas solo se preocupa de guardar sus apariencias...

Y ahora dejo aquí un cuento que refleja la desidia a la que puede llegar el ser humano empujado por sus creencias...

EL HOMBRE QUE SE CREÍA MUERTO

Jorge Bucay en "Recuentos para Demián"

Había un señor muy aprensivo respecto de sus propias
enfermedades y sobre todo, muy temeroso del día en que le llegara la muerte.

Un día, entre tantas ideas locas, se le ocurrió que quizás él ya estaba muerto. Entonces le preguntó a su mujer:
—Dime mujer, ¿no estaré muerto yo?
La mujer rió y le dijo que se tocara las manos y los pies.
—Ves, ¡están tibios! Bien, eso quiere decir que estás vivo- Si estuvieras muerto, tus manos y tus pies estarían helados.
Al hombre le sonó muy razonable la respuesta y se tranquilizó.

Pocas semanas después, el hombre salió bajo la nieve a hachar algunos árboles. Cuando llegó al bosque se sacó los guantes y comenzó a hachar.
Sin pensarlo, se pasó la mano por la frente y notó que sus manos estaban frías. Acordándose de lo que le había dicho su esposa, se quitó los zapatos y las medias y confirmó con horror que sus pies también estaban helados.
En ese momento ya no le quedó ninguna duda, se “dio cuenta” de que estaba muerto.
—No es bueno que un muerto ande por ahí hachando árboles –se dijo. Así que dejó el hacha al lado de su mula y se tendió quieto en el piso helado, las manos en cruz sobre el pecho y los ojos cerrados.

A poco de estar tirado en el piso, una jauría comenzó a acercarse a las alforjas donde estaban las provisiones. Al ver que nada los paraba, destrozaron las alforjas y devoraron todo lo que había de comestible. El hombre pensó:
—Suerte que tienen que estoy muerto que si no, yo mismo los echaba a patadas.

La jauría siguió husmeando y descubrió el burro atado a un árbol. Fácil presa era de los filosos dientes de los perros. El burro chilló y coceó pero el hombre sólo pensó qué lindo sería defenderlo, si no fuera porque él estaba muerto.
En algunos minutos dieron cuenta del burro, sólo unos pocos perros seguían royendo algún hueso.

La jauría, insaciable, siguió rondando el lugar.
No pasó mucho tiempo hasta que uno de los perros olió el olor del hombre. Miró a su alrededor y vio al hachero tirado inmóvil en el piso. Se acercó lentamente (muy lentamente, porque el hombre era muy peligroso y engañador).
En pocos instantes, todos los perros babeando sus fauces rodearon al hombre.
—Ahora me van a comer –pensó—. Si no estuviera muerto, otra sería la historia.

Los perros se acercaron...
...y viendo su inacción se lo comieron.

martes, 13 de agosto de 2013

Resiliencia... una bonita historia.

“Una hija estaba muy molesta porque parecía que cuando un contratiempo se les solucionaba, aparecía un problema nuevo aún más complicado. Habló de ello con su padre que era jefe de cocina. La miró y, sonriente, cogió tres ollas. En un puchero puso algunos huevos, en otro, algunas zanahorias y en una tercera ollita, café. La joven se quedó pasmada pensando que su padre no la escuchaba, como ya era habitual, porque en lugar de proporcionarle una respuesta se ponía a cocinar. Despúes de veinte minutos de cocción, el padre le preguntó a la hija. “¿Qué ves?” La chica quedó atónita. “¡Qué quieres que vea? ¡Como no me haces ningún caso mientras cueces huevos y unas zanahorias y haces café!”, respondió medio enfadada. El padre imperturbable la invitó a palpar los tres ingredientes. La joven azorada le preguntó qué significaba.  Él le respondió:

“los huevos eran frágiles antes de la cocción, y ante la adversidad (el calentamiento con el fuego) se han vuelto duros; las zanahorias, en cambio, eran duras y con el fuego se han vuelto blandas; en cambio, el café, cuando ha sido calentado ha sido incluso capaz de poder transformar su contexto: el café ha transformado el agua. ¿Qué deseas ser tú hija mía, ante las adversidades? Ojalá seas como el café que cuando aparezcan los problemas o las adversidades, seas capaz de ser fuerte, sin dejarte vencer ni aislarte, salir airosa e incluso mejorar tú misma consiguiendo cambiar tu entorno”.

"es una metáfora sobre las posibilidades de reconstrucción humana que apuesta por suministrar un manto de caricias proveniente del contexto social a la persona herida, con el objetivo de permitirle desarrollar aquellas capacidades y habilidades que le pueden catapultar hacia su transformación".  

Si quieres saber mas sobre resiliencia mira este otro post...


Metáfora de los pedagogos Ana Forés y Jordi Gravé que aparece en "La fiesta mágica y realista de la resiliencia infantil", sus autores son Dr. Jorge Barudy Labrin y Maryorie Dantagnan, es de Gedisa Editorial y su ISBN: 978-84-9784-613-4.

jueves, 1 de agosto de 2013

Cuando conseguí arreglar al hombre, di la vuelta a la hoja y vi que había arreglado el mundo...

Un científico, que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos. Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas.
Cierto día, su hijo de 7 años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar.
El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lado. Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiese darle con el objetivo de distraer su atención. De repente se encontró con una revista, en donde había un mapa con el mundo, justo lo que precisaba. Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo:
- Cómo te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto para que lo repares sin la ayuda de nadie.

Entonces calculó que al pequeño le llevaría 10 días componer el mapa, pero no fue así. Pasadas algunas horas, escuchó la voz del niño que lo llamaba calmadamente.
-Papá, papá ya hice todo, conseguí terminarlo.
Al principio el padre no creyó al niño. Pensó que sería imposible que, a su edad hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes.
Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño. Para su sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares.
¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz? De esta manera, el padre preguntó con asombro a su hijo:
- Hijito, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo lo lograste?
- Papá, respondió el niño, yo no sabía como era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre. Así que di vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía como era.
"Cuando conseguí arreglar al hombre, di la vuelta a la hoja y vi que había arreglado el mundo"

Porque no es el mundo el que está mal, el que degenera, el que se autodestruye... somos nosotros, las personas que lo habitamos, quienes concienzudamente, nos encargamos de cargárnoslo, cada uno con sus pequeños actos, y unos pocos con sus gigantescos destrozos...
"No es que haya que dejar un mundo mejor a nuestros hijos, sino que debemos dejar unos hijos mejores a este mundo..."

sábado, 25 de mayo de 2013

“La vida no es lo que uno vive sino como lo Recuerda, y Como lo recuerda para Contarlo.” G. G. Marquez

Si diferencias la sabiduría inherente a esta Frase serás capaz de obtener una Visión extraordinaria de las situaciones que se nos presentan Cotidianamente en nuestra Vida.
Hasta ahora tenéis en vuestra memoria un cúmulo de recuerdos, de vivencias y experiencias que compartís con tus seres queridos en algunas ocasiones., sin embargo, te pregunto: 

Qué correlación hay entre lo que has vivido, entre lo que recuerdas y lo que VERDADERAMENTE sucedió???

Mientras reflexionas acerca de esto, te invito a sumergirte en la siguiente historia...
 Hace unos años en Tucupita el burro de un campesino se cayó en un pozo. El animal se quejaba y rebuznaba fuertemente por horas, mientras el campesino trataba de buscar algo que hacer. Finalmente, el campesino decidió que el burro ya estaba viejo, el pozo ya estaba seco y necesitaba ser tapado de todas formas; que realmente no valía la pena sacar al burro del pozo donde se encontraba. Invitó a todos sus vecinos para que vinieran a ayudarle. Cada uno agarró una pala y empezaron a tirarle tierra al pozo. 

El burro se dio cuenta de lo que estaba pasando y lloró horriblemente. Luego, para sorpresa de todos, se aquietó después de unas cuantas paladas de tierra. El campesino finalmente miró al fondo del pozo y se sorprendió de lo que vio, porque, con cada palada de tierra, el burro estaba haciendo algo increíble (Estaba Redefiniendo su Presente): Se sacudía la tierra y daba un paso encima de la tierra. 

Muy pronto todo el mundo atisbo sorprendido cómo el burro llegó hasta la boca del pozo, pasó por encima del borde y salió trotando.

Los recuerdos crean nuestro Yo, nuestra identidad, y es nuestra conciencia quien buceando en las conexiones cerebrales que tenemos, encuentra nuestros recuerdos, situados en el hipocampo...

...generalmente cuando recordamos un hecho pasado autobiográfico, algo que nos ha pasado a nosotros, algo que hemos vivido, ese recuerdo se reescribe cada vez que lo traemos a la conciencia, adquiriendo nuevos matices dependiendo del estado emocional en el que nos encontremos, o como verbalicemos  ese recuerdo; éste así cambiará, se irá modificando sutilmente, sin que nuestra mente perciba el cambio, para después de muchas veces, quizás, el hecho en sí, objetivo; sea muy diferente del recuerdo nuestro, subjetivo.


jueves, 23 de mayo de 2013

Psicología Positiva... Perseverancia.

Cuenta la leyenda que una joven mariposa, de cuerpo frágil y sensible volaba cierta tarde jugando con el viento, cuando vio una estrella muy brillante, y se enamoró. 
Excitadísima, regresó inmediatamente a su casa, loca por contar a su madre que había descubierto lo que era el amor... 

¡Qué tontería! Fué la fría respuesta que escuchó. 
Las estrellas no fueron hechas para que las mariposas pudieran volar a su alrededor. 

Búscate un poste, o una pantalla, y enamórate de algo así, para eso fuimos creadas. 

Decepcionada, la mariposa decidió simplemente ignorar el comentario de su madre, y se permitió volver a alegrarse con su descubrimiento. 

¡Qué maravilla poder soñar pensaba! 

La noche siguiente la estrella continuaba en el mismo lugar, y ella decidió que subiría hasta el cielo y volaría en torno de aquella luz radiante para demostrarle su amor. 

Fue muy difícil sobrepasar la altura a la cual estaba acostumbrada, pero consiguió subir algunos metros por encima de su nivel de vuelo normal. Pensó que si cada día progresaba un poquito, terminaría llegando hasta la estrella. 

Así que se armó de paciencia y comenzó a intentar vencer la distancia que la separaba de su amor. 
Esperaba con ansiedad la llegada de la noche, y cuando veía los primeros rayos de la estrella, agitaba ansiosamente sus alas en dirección al firmamento. 

Su madre estaba cada vez más furiosa. 

Estoy muy decepcionada con mi hija, decía. Todas sus hermanas, primas y sobrinas ya tienen lindas quemaduras en sus alas, provocadas por las lámparas. 

Sólo el calor de una lámpara es capaz de entusiasmar el corazón de una mariposa: deberías dejar de lado estos sueños inútiles y conseguir un amor posible de alcanzar. 
La joven mariposa, irritada porque nadie respetaba lo que sentía, decidió irse de la casa. Pero en el fondo, como, por otra parte, siempre sucede, quedó marcada por las palabras de su madre, y consideró que ella tenía razón. 

Así, durante algún tiempo, intentó olvidar a la estrella y enamorarse de la luz de las pantallas de casas suntuosas, de las luces que mostraban los 
colores de cuadros magníficos, del fuego de las velas que quemaban en las más bellas catedrales del mundo. 

Pero su corazón no conseguía olvidar a la estrella, y después de ver que la vida sin su verdadero amor no tenía sentido, resolvió reemprender su itinerario en dirección al cielo. 
Noche tras noche intentaba volar lo más alto posible, pero cuando la mañana llegaba, estaba con el cuerpo helado y el alma sumergida en la tristeza. 

Entretanto, a medida que se iba haciendo mayor, pasó a prestar atención a todo cuanto veía a su alrededor. 

Desde allá arriba podía vislumbrar las ciudades llenas de luces, donde posiblemente sus primas, hermanas y sobrinas ya habrían encontrado un amor. 

Veía las montañas heladas, los océanos con olas gigantescas, las nubes que cambiaban de forma a cada minuto. 

La mariposa comenzó a amar cada vez más a su estrella, porque era ella la que la impulsaba a conocer un mundo tan rico y hermoso. Pasó mucho tiempo y un buen día ella decidió volver a su casa. 

Fue entonces que supo por los vecinos que su madre, sus hermanas, primas y sobrinas, y todas las mariposas que había conocido, habían muerto quemadas en las lámparas y en las llamas de las velas, destruidas por un amor que juzgaban fácil. 

La mariposa, aun cuando jamás haya conseguido llegar hasta su estrella, vivió muchos años aún, descubriendo cada noche cosas diferentes e interesantes. 
Y comprendiendo que, a veces, los amores imposibles traen muchas más alegrías y beneficios que aquellos que están al alcance de nuestras manos.

No es síntoma de buena salud -decía J. Krishnamurti- el estar perfectamente adaptado a una sociedad enferma.

martes, 21 de mayo de 2013

Diferencia entre un país individualista y un país colectivista...

Dice una antigua leyenda china, que un discípulo preguntó a su Maestro...
Cuál es la diferencia entre un país individualista y un país colectivista???
El Maestro le respondió...
...es muy pequeña, sin embargo tiene grandes consecuencias.

Ven, te mostraré el país individualista...
Entraron en un inmenso sitio donde un grupo de personas estaba sentadas alrededor de un gran recipiente con arroz, todos estaban hambrientos y desesperados, cada uno tenía una cuchara atorada fijamente en el brazo desde su extremo, y que llegaba hasta la olla. Pero cada cuchara tenía un mango tan largo que no podían llevársela a la boca. La desesperación y el sufrimiento eran terribles.

Ven, dijo el Maestro después de un rato, ahora te mostraré el país colectivista...
Entraron en otro lugar, idéntico al primero; con la olla de arroz, el grupo de gente, y las mismas cucharas largas, pero allí todos estaban felices y bien alimentados.
- No comprendo dijo el discípulo,
Por qué están tan felices aquí, mientras son desgraciados en la otra habitación si todo es lo mismo???

El Maestro sonrió. Ah... ¿no te has dado cuenta?
Como las cucharas tienen los mangos muy largos, no les permite llevar la comida a su propia boca, pero aquí han aprendido a alimentarse unos a otros.
Beneficio común, trabajo común...

Tan complicadas son las cosas que no vemos el beneficio común, que en definitiva es nuestro beneficio.


martes, 14 de mayo de 2013

El cuento mas maravilloso jamás contado... El Hombre que plantaba árboles. Jean Giono.

Giono denominaba espérance, optimismo, a su confianza en el futuro; no espoir, que es el masculino de esperanza, sino espérance, el término femenino que designa el estado o condición permanente de vivir con esperanzada tranquilidad.

El poeta debe ser consciente del efecto mágico de determinadas palabras: heno, hierba, prados, sauces, ríos, abetos, montañas, colinas... La gente lleva tanto tiempo encerrada entre cuatro paredes que se ha olvidado de ser libre, pensaba Giono. Los seres humanos no "fueron creados" para vivir en túneles de metro y bloques de pisos, pues su pies ansían andar a zancadas a través de la hierba alta y deslizarse en corrientes de agua. 

La misión del poeta consiste en recordarnos la belleza: árboles balanceándose en la brisa, pinos crujiendo bajo la nieve en los desfiladeros, caballos salvajes galopando en la espuma del rompiente. En la vida hay momentos -decía Giono- en que una persona tiene que salir y afanarse en busca de la espérance.

El Hombre que plantaba árboles. Jean Giono

Para que el carácter de un ser humano excepcional muestre sus verdaderas cualidades, es necesario contar con la buena fortuna de poder observar sus acciones a lo largo de los años. Si sus acciones están desprovistas de todo egoísmo, si la idea que las dirige es una de generosidad sin ejemplo, si sus acciones son aquellas que ciertamente no buscan en absoluto ninguna recompensa más que aquella de dejar sus marcas visibles; sin riesgo de cometer ningún error, estamos entonces frente a un personaje inolvidable. 

Hace aproximadamente cuarenta años, yo hacía una larga travesía a pie, en las regiones altas, absolutamente desconocidas para los turistas, en la vieja región de los Alpes que penetra hasta La Provenza. Esta región está delimitada al sureste por el curso medio del Durance, entre Sisteron y Marabeau; al norte por el curso superior del Drome, después de su nacimiento, justo al oeste, por las planicies de Comtant Venaissin y al pie de monte de Mont-Ventoux. Comprende toda la parte norte del Departamento de Bases - Alpes, el sur del Drome y un pequeño enclave de Vaucluse. 

En el momento en el que emprendí este largo viaje, entre los 1200 y 1300 metros de altitud, el paisaje estaba dominado por desiertos, eran tierras tomadas por la monotonía. Lo único que podía crecer ahí eran lavandas silvestres. 

Yo pasaba por esta región en su parte más ancha cuando después de tres días de camino me encontré en medio de una desolación sin igual. Acampaba al lado del esqueleto de un pueblo abandonado. Ya no tenía agua. La que me quedaba del día anterior la había utilizado durante la vigilia y necesitaba encontrar más. No pude encontrarla. Las casas, de lo que alguna vez había sido un poblado, estaban aglomeradas al rededor de unas ruinas apiladas, lo que me hizo pensar que en algún tiempo ahí debió haber habido una fuente o un pozo. 

El arreglo de las cinco o seis casitas de piedra con techos volados y lavados por el viento, y la pequeña capilla daban la apariencia de un pueblo habitado. Sin embargo, cualquier resquicio de vida había desaparecido. 

Era un hermoso día de junio, pleno de sol, pero en estas tierras sin abrigo, y a estas alturas del cielo, el viento soplaba con una brutalidad insoportable. La fuerza con la que el viento golpeaba las carcasas de las casas era tan violenta como el de una bestia salvaje que es interrumpida durante sus alimentos. 

Era necesario mover mi campamento. 

A cinco horas de marcha, no había encontrado agua, ni ningún otro indicio que pudiera darme la esperanza de encontrarla. Por todas partes era la misma aridez, las mismas hierbas leñosas. Me pareció percibir a lo lejos una pequeña silueta negra, de pie. De primera instancia pensé que se trataba de la sombra de un tronco solitario. Por casualidad, me dirigí hacia ella. Era un pastor. 

Una treintena de corderos yacían sobre la tierra ardiente reposando cerca de él. Me dio de beber agua de su botella, y un poco más tarde él me condujo hasta su casita en una ondulación de la meseta. El obtenía su agua -excelente, por cierto- de un pozo natural muy profundo, en el que él mismo había instalado un malacate muy rudimentario.

Este hombre hablaba poco. Esta es una práctica común entre aquellos que viven solos. Sin embargo, se le percibía como un hombre seguro de sí mismo, confiado en sus convicciones. Me parecía insólita su presencia en estos lugares tan desprovistos de todo. No vivía en una cabañita, sino en una verdadera casa de piedra donde saltaba a la vista claramente que él mismo había restaurado las ruinas con las que se encontró a su arribo. El techo era sólido y estaba bien fijo. El viento que golpeaba las tejas del techo producía un ruido similar al del mar cuando golpea en las playas. Sus muebles y pertenencias estaban en orden, su vajilla estaba lavada, el piso estaba pulcramente trapeado, su rifle estaba engrasado; su sopa hervía en el fuego. 

Fué entonces cuando me dí cuenta de que también estaba recién afeitado, que todos sus botones estaban sólidamente cosidos y que su ropa estaba cuidadosamente remendada, a tal punto, que los parches eran casi invisibles. 

Él compartió su sopa conmigo y después de cenar yo le ofrecí tabaco de mi saquito. Él me comentó que ya no fumaba. Su perro era tan silencioso como él, era amigable sin llegar a ser ruin. Rápidamente entendí que pasaría la noche ahí, el poblado más cercano se encontraba todavía a más de un día y medio de marcha. 

Más aún, ya había tenido la oportunidad de conocer el raro carácter de los habitantes de esta región. Que por cierto, no era en absoluto recomendable. 

En las laderas de estas montañas, entre los matorrales de encinos blancos que están en los extremos de los caminos aptos para vehículos, hay cuatro o cinco poblados dispersos, lejos los unos de los otros. Estos poblados están habitados por talamontes que hacen carbón con la madera. Son lugares donde se vive mal; en las garras de la exasperación. 

Las familias viven unas en contra de las otras, en un clima hostil, de rudeza excesiva, ya sea en el verano o en el invierno, viven amagando su egoísmo aún más por la irracional desmesura en su deseo de escapar de este ambiente. 

Los hombres llevaban su carbón al pueblo en sus camiones y, después regresaban. Las más sólidas cualidades se rompen bajo este perpetuo baño escocés. Las mujeres cocinaban a fuego lento sus rencores. 

Había competencia en todo, desde la venta del carbón hasta las bancas de la iglesia; las virtudes se combaten entre ellas, los vicios y las virtudes se arrebatan unas a otras haciendo un revoltijo sin reposo. Hay epidemias de suicidios y numerosos casos de locura casi siempre fatales. 

El pastor, que no fumaba, saco un pequeño saco y vació su contenido sobre la mesa, formando una pila de bellotas. Se puso a examinarlas una por una, poniendo muchísima atención, separando las buenas de las malas. Yo fumaba mi pipa y le propuse ayudarle. Él me respondió que esto era asunto suyo. En efecto, viendo la devoción y cuidado que ponía a su trabajo, decidí no insistir más. Esa fue toda nuestra conversación durante la noche. 

Cuando hubo terminado de separar todas las bellotas que estaban en buen estado, entonces las contó y las puso en montoncitos de diez. De esta manera iba haciendo una selección más, eliminando aquellas bellotas que eran muy pequeñas o aquellas que tenían ligeras grietas. Al terminar, una vez más las examinaba gravemente. 

Cuando tuvo enfrente de él cien bellotas perfectas detuvo su tarea, y entonces nos retiramos a dormir. 

La compañía de éste hombre me daba paz. 

Al día siguiente, le pedí permiso para quedarme todo el día con él. Él lo encontró perfectamente natural, o con mayor exactitud, él me daba la impresión de que nada podría distraerlo. Este descanso no me era absolutamente necesario, pero yo estaba intrigado, quería saber más acerca de este hombre. Antes de salir, sumergió en una cubeta con agua el pequeño saco donde había puesto las bellotas que habían sido seleccionadas y contadas previamente con tanto cuidado.

 Me dí cuenta de que su cayado tenía un triángulo de fierro tan grueso como un dedo pulgar y de alrededor de un metro cincuenta de largo. Yo me fui siguiendo una ruta paralela a la suya. La pastura de sus corderos yacía en el fondo de un pequeño valle. 

Él dejó el pequeño rebaño al cuidado del perro y subió hacia la derecha donde yo me encontraba parado. Me temía que hubiera venido a reprocharme por mi indiscreción, pero este no fue el caso de ninguna manera. Era su propio camino, y me invitó a acompañarlo si no tenía nada mejor que hacer. 

Continuamos unos doscientos metros más hacia arriba. Cuando llegamos al lugar que el quería, comenzó a enterrar su triángulo de fierro en la tierra. Este hacía un pequeño agujero, en el que él ponía una de las bellotas, que posteriormente cubriría de tierra nuevamente. Él estaba plantando árboles de encino. 

Entonces le pregunte si la tierra le pertenecía. Él me respondió que no. - ¿Sabe de quién es? Él no lo sabía. Suponía que se trataba de una tierra comunal, o quizás podría ser que se tratara de tierras a cuyos propietarios no les interesara. 

De esta manera, él plantó cien bellotas con mucho cuidado. Después de los alimentos del medio día, él comenzó una vez más a seleccionar semillas. Creo que puse demasiada insistencia en mis preguntas, porque él las respondió una a una. 

A tres años de haber comenzado, él continuaba plantando árboles en esta soledad. Él había plantado ya cien mil. De estos cien mil, veinte mil habían germinado. De estos veinte mil, él consideraba que todavía se perderían la mitad, por causa de los roedores o por cualquier otro designio de la Providencia imposible de predecir. Quedarían entonces diez mil encinos que podrían crecer en este lugar donde antes no había sobrevivido nada. 

Fué en este momento en el que comencé a preguntarme sobre la edad de este hombre. Era evidente que se trataba de un hombre de más de cincuenta años. Cincuenta y cinco me dijo. Se llamaba Eleazar Bouffier. Solía tener una granja en las planicies, donde había vivido la mayor parte de su vida. Había perdido a su único hijo y después a su mujer. Se retiro a la soledad donde acogió el placer de vivir lentamente con su rebaño de corderos y su perro. 

Él había juzgado que este país se estaba muriendo porque le faltaban árboles. Añadió entonces que no teniendo nada más importante que hacer había tomado la resolución de poner remedio a este estado de las cosas. Viviendo yo mismo en ese momento una vida solitaria, y a pesar de mi juventud, sabía como acercarme con delicadeza a aquellas almas solitarias. Aún así, cometí un error. Fue precisamente mi juventud la que me forzó a imaginar el porvenir en mis propios términos, y en cierta medida también un anhelo en la búsqueda por felicidad. 

Le comenté que dentro de treinta años estos cien mil encinos serían majestuosos. Me respondió con tal simpleza, que si Dios le prestaba vida, en treinta años él habría plantado tantos otros que estos diez mil serían tan sólo como una gota en el mar. Él había comenzado también a estudiar la propagación de las hayas. Cerca de su casa había instalado un pequeño vivero donde crecían los arbolitos. Los sujetos que había protegido de sus corderos con una pequeña barda, que funcionaba como barrera, estaban creciendo hermosamente. 

Él estaba considerando plantar también algunos abedules que serían muy convenientes para las partes bajas de los valles, donde aclaro que había en estado latente un poco de humedad que se extendía sobre la superficie del suelo por algunos metros. Al siguiente día, nos separamos.

Al año siguiente la guerra del catorce había comenzado. Yo estuve comprometido en ella por cinco años. Un soldado de infantería que apenas podía pensar en árboles. A decir verdad, todo este asunto no me había dejado ninguna impresión. En lo personal la considere como un hobby pueril, como una colección de timbres y la olvide. 

Al terminar la guerra me encontré al frente a una pequeña desmovilización y con un gran deseo de tomar un pequeño respiro de aire puro. Sin ninguna otra preconcepción más allá de tomar un nuevo aliento. Fué así que retomé el camino hacia aquellas tierras desérticas. La región no había cambiado. Sin embargo, más allá de ese poblado abandonado percibí a la distancia una especie de neblina grisácea que convergía en las alturas de las colinas como una alfombra. 

A partir de ese momento no deje de pensar en el pastor que plantaba árboles. Diez mil encinos, me dije: ocupan un gran espacio verdaderamente. Había visto morir a mucha gente durante esos cinco años de guerra, pero no me podía imaginar de ninguna manera la muerte de Eleazar Bouffier, a pesar de que un hombre de veinte años piense que un hombre de cincuenta es ya tan viejo que no le resta más que morir. 

Él no estaba muerto, en efecto, estaba lleno de vitalidad. Había cambiado la materia de su interés. Ahora sólo tenía cuatro corderos, pero tenía un centenar de colmenas. Se había desecho de los corderos porque amenazaban los retoños de los árboles. Él me comentó entonces que la guerra no lo había distraído en absoluto, como yo mismo me pude dar cuenta, él continuó con su labor de cultivador de árboles imperturbablemente. Los encinos de 1910 ahora tenían 10 años y eran más altos que yo y que él mismo. El espectáculo era impresionante. Yo me quede literalmente privado de la palabra. Como él, no podía hablar más. 

Pasamos todo el día en silencio caminando por su bosque. Estaba divido en tres secciones, el largo total era de once kilómetros, y en su punto más ancho la sección era de tres kilómetros. Cuando caí en la cuenta de que todo esto había florecido de las manos y del alma de este único hombre solo, sin ningún avance técnico en su herramienta, comprendí que los hombres pueden llegar a ser tan eficaces como Dios en otros dominios además de el de la destrucción. 

Él había perseguido su ideal, prueba fehaciente de ello era que las hayas habían alcanzado mis hombros y se habían extendido tan lejos como la vista podía alcanzar. Los encinos eran ahora robustos y frondosos, habían ya pasado la edad en la que estaban a la merced de los roedores y en cuanto a los designios de la Providencia, si deseaba destruir la obra creada, se necesitaría de un ciclón. 

Él me mostró sus admirables parcelas de abedules que databan de cinco años atrás, es decir de 1915; cuando yo tuve que estar combatiendo en Verdún. Él los había plantado en las partes bajas del valle, donde había sospechado, con justa razón, que había humedad justo a flor de tierra. Eran tan tiernos como jóvenes adolescentes, y muy decididos. La creación estaba en el aire, por doquiera, se veía como la sucesión estuviera tomando su propio camino. 

Él no se preocupaba, se ocupaba. Perseguía obstinadamente su objetivo. Era tan simple como eso. Al descender por el poblado, pude ver agua correr en los arroyos que en la memoria de los hombres, habían estado siempre secos. Era la más extraordinaria reacción en cadena la que este hombre me había dado la oportunidad de presenciar. Estos arroyos secos que en tiempos muy antiguos habían llevado agua, habían vuelto a florecer. 

Algunos de estos tristes poblados, de los que había comentado al comienzo de mi relato, estaban construidos sobre edificios de antiguas ciudades galo-romanas, donde aún quedaban algunos trazos de estas antiguas culturas. Ahí, los arqueólogos habían encontrado anzuelos de pesca, en lo que en tiempos más recientes habían sido cisternas para abastecer de un poco de agua a estos secos lugares.

El viento dispersaba también algunas semillas. Al mismo tiempo que el agua reapareció, reaparecieron los sauces, las enredaderas, los prados, los jardines, las flores y positivas razones para vivir. Realmente la transformación había tenido lugar de manera tan paulatina que había penetrado y se había instalado en la costumbre sin provocar ningún sobresalto o sorpresa. 

Los cazadores que subían a la soledad de las montañas para perseguir liebres o jabalíes habían constatado también la presencia de pequeños árboles. Sin embargo, atribuían los cambios a los procesos naturales de la tierra. Esta era la razón por la que nadie había tocado su obra, porque nadie en absoluto había llegado a estar en contacto con este hombre. Era insólito. ¿Quién podría imaginar que en estos poblados y administraciones, que existiera alguien con tal obstinación y poseedor de una generosidad extrema que llegase al punto de ser sublime? 

A partir de 1920, no dejé pasar más de un año sin ir a visitar a Eleazar Bouffier. Jamás lo vi decaer, ni dudar. A pesar de que sólo Dios sabe los sin sabores que hubo de superar. Para obtener el éxito en su empresa fue necesario superar muchas adversidades y luchar contra la desesperación. Baste decir que durante un año había logrado plantar diez mil arces y todos murieron. Al siguiente año de este suceso, decidió abandonar los arces y volver a plantar hayas. Estas lograron crecer sanas y con mayor esplendor que los encinos. 

Para tener una idea más precisa del carácter excepcional de nuestro personaje, no hace falta más que recordar que vivía en una soledad total, sí total, a tal punto que hacía el final de su vida había perdido la costumbre de hablar. O quizás: ¿Era que ya no había visto la necesidad de hacerlo? 

En 1933 recibió la visita de un guardia forestal atolondrado. Este funcionario le advirtió de no provocar fuegos a la intemperie, ya que podría a poner en riesgo el bosque "natural". Fue la primera vez que un hombre le dijera de forma tan pueril que había visto crecer este bosque por sí solo, de manera espontánea. 

En este tiempo él estaba pensando en plantar hayas en un claro a doce kilómetros de su casa. Para evitar el ir y venir de ese sitio, - ya que para aquel entonces él contaba ya con setenta y cinco años de edad-, estaba ambicionando construir una pequeña casita de piedra en el lugar mismo donde se encargaría de plantar los árboles. Esto fue lo que hizo al año siguiente. 

En 1935, un verdadero delegado de la administración vino a examinar "el bosque natural". Había con él un personaje importante del Ministerio de Aguas y Bosques, un diputado y técnicos. Se pronunciaron muchas palabras inútiles. Se decidieron hacer algunas cosas y, afortunadamente, no se hizo nada; excepto por una medida verdaderamente útil: se puso al bosque bajo la salvaguarda del Estado, y se prohibió que se viniera a hacer carbón. 

Era evidente que era imposible no ser subyugado ante la belleza de estos jóvenes árboles plenos de salud. Este bosque ejercía sus poderes seductivos incluso en el mismo diputado. Yo tenía un amigo entre los directores del departamento forestal que estaban en la delegación. Le expliqué lo que para él era un misterio. 

Un día de la siguiente semana, fuimos los dos juntos a buscar a Eleazar Bouffier. Lo encontramos en pleno trabajo, a veinte kilómetros del sitio donde se había realizado la inspección anterior. Este capitán forestal no era mi amigo nada más porque sí. Él conocía el verdadero valor de la cosas. El sabía permanecer en silencio. 

Le ofrecí algunos huevos que había traído conmigo como regalo; dividimos nuestros alimentos en tres y pasamos algunas horas sin decir ninguna palabra, en la contemplación del paisaje.

La ladera donde estábamos estaba cubierta por árboles de seis a siete metros de alto. Yo recordé el aspecto del sitio en 1913: un desierto... El trabajo apacible y regular, el aire lleno de vitalidad de las alturas, la frugalidad, y sobretodo la serenidad de su alma le habían dado a este hombre una salud casi solemne. Era un atleta de Dios. Me preguntaba cuántas hectáreas más él habría todavía de cubrir con árboles. 

Antes de partir, mi amigo hizo una simple sugerencia concerniente a algunas especies de árboles para las que el terreno parecía especialmente adecuado. Él no insistió más. Por una muy buena razón. Me aclaro después. Este buen hombre sabe mucho más que yo. A una hora más de camino, - esta idea se le había fijado en su pensamiento, y entonces agregó: "Él sabe mucho más que todo el mundo". ¡Ha descubierto una forma maravillosa de ser feliz!

Fue gracias a este capitán forestal que no solamente el bosque fue protegido, sino que junto con él la felicidad de este hombre. Hizo nombrar a tres guardias forestales para la protección de los territorios. Los ubicó de tal manera que permanecieran indiferentes a cualquier cantidad de vino que los talamontes pudieran ofrecer como soborno. 

La obra no estuvo en riesgo grave, salvo en la guerra de 1939; cuando los automóviles comenzaron a entrar por madera, pues nunca había suficiente. Comenzaron a talar algunos de los encinos de las parcelas de 1910. Por suerte, estos bosques están tan lejos de cualquier arroyo o camino que no resultó costeable seguir extrayendo la madera y la compañía decidió pronto abandonar esta extracción. El pastor no vió nada. Él estaba a treinta kilómetros del sitio, y continuaba pacíficamente con su labor, tan imperturbable por la guerra de 39 como lo había estado por la guerra de 14. 

Ví por última vez a Eleazar Bouffier en 1945. Tenía entonces ochenta y siete años. Emprendí de nuevo la ruta de la tierra baldía, sólo para encontrarme ahora con lo que a pesar de todo había dejado como legado la guerra en esa región. Había un carro que hacía la ruta entre el Valle del Durance y la montaña. Yo me apreste a tomar este relativamente rápido medio de transporte, pues los cambios eran tan grandes que yo no pude reconocer el lugar de mis últimas visitas. 

Me pareció también que el trayecto me hacía pasar por lugares nuevos. Me ví obligado a preguntar el nombre del poblado, para estar bien seguro que esta era la región que en otros tiempos había visto en ruinas y desolación. El carro me dejó en Vergons. 

En 1913, en este pequeño caserío había diez o doce casas con tres habitantes. Estas gentes eran salvajes, detestándose los unos a los otros, siempre en eterno conflicto y pillaje. Física y moralmente, ellos parecían hombres prehistóricos. Eran devorados por el contorno de las paredes de las casas abandonadas. Su condición era de total desesperanza. Parecía que sólo estaban esperando a que la muerte los encontrara. Una condición que claramente no los predisponía a cultivar ninguna virtud. 

Todo había cambiado. Incluso el aire mismo. En el lugar de borrascas secas que en otros tiempos había sido, ahora soplaba suavemente una brisa con dulce olor. Un sonido que recuerda el del correr del agua que cae de las alturas. Pasaba lo mismo con el viento que ululaba entre los árboles del bosque. En fin, lo más asombroso de todo era que se escuchaba el ruido del agua que circulaba hacía un verdadero pozo. Ví que habían construido una fuente, y que había abundante agua en ella; lo que me estremeció más es que junto a esta fuente habían plantado limoneros que tenían por lo menos cuatro años y que ya habían crecido gruesos. Eran un símbolo de la indisputable resurrección. 

Más aún Vergons mostraba ya signos de trabajo, de aquellos que tienen por condición necesaria la presencia de la esperanza. La esperanza había retornado. Habían limpiado las ruinas, habían tirado las paredes rotas, y habían reconstruido las cinco casas. El poblado contaba ahora con veintiocho habitantes que incluía a cuatro parejas jóvenes. Las casas nuevas, recién remozadas estaban rodeadas por jardines, hortalizas y verduras entremezcladas con malezas alineadas, había legumbres y flores, coles y rosales, puerros y albahaca, apios y anémonas. Era ahora un lugar donde cualquiera estaría encantado de vivir. 

A partir de este poblado seguí mi camino a pie. La guerra de la que apenas estábamos saliendo, no nos permitía más que reincorporarnos pausadamente a la vida. Sin embargo, Lázaro estaba fuera de su tumba. En los flancos de las montañas vi campos verdes de cebada y de centeno en hierba. Al fondo podía ver algunas praderas que reverdecían. Nos separan ahora ocho años desde que vi a toda esta región florecer con una suave ligereza que resplandecía de verdor. 

Los despojos de las ruinas que había visto en 1913, ahora mantenían granjas prósperas, que proporcionaban una vida feliz y confortable. Los viejos manantiales eran alimentados por agua de lluvia y nieve que ahora podía ser alojada y retenida por los bosques; el agua volvía a correr recuperando su ciclo natural. Parte del agua se había acanalado. 

Bordeando a cada granja había arboledas de pinos y arces, los manantiales de agua estaban bordeados por carpetas de mentas frescas. Los poblados estaban siendo reconstruidos poco a poco. Una población venida de las planicies donde la tierra era muy cara llegaron a establecerse, trayendo con ellos juventud, movimiento y espíritu de aventura. Ahora se encuentran por los caminos hombres y mujeres bien nutridos, jóvenes y muchachas que saben reír, y que han retomado el gusto por las fiestas de la campiña. 

Si reencontramos a la antigua población, ahora veremos que es irreconocible por su dulzura y plenitud por la vida. Contando a los nuevos llegados, tenemos a más de diez mil personas que le deben su felicidad a Eleazar Bouffier. 

Cuando reflexiono que un solo hombre confiado en sus simples recursos físicos y morales fue suficiente para hacer surgir de un desierto esta tierra de Canaan, me doy cuenta, que a pesar de todo, la condición humana es admirable. Pero, cuando hago un recuento de lo que puede crear, la constancia, la generosidad y la grandeza de un alma resuelta a lograr su objetivo, soy presa de un inmenso respeto por aquel viejo campesino sin cultura que a su manera supo como materializar una obra digna de Dios.

Eleazar Bouffier murió apaciblemente en 1947 en el asilo de Banon.

Fin.

Esta traducción no es que me guste mucho, pero ha sido la única que he encontrado para no tener que copiar el libro, recomiendo leerlo en esta edición, con un epílogo a la altura del cuento...
AUTOR: Giono, Jean
TÍTULO: El Hombre que plantaba árboles / Jean Giono ; epílogo de Norma L. Goodrich ; ilustraciones de Michael McCurdy ; traducción de Borja Folch
PUBLICACIÓN: Palma de Mallorca : José J. de Olañeta, D.L. 2006

Y aquí dejo, para quien no quiera leer, 30 minutos en un corto animado...



viernes, 10 de mayo de 2013

"afán por pasar a la historia"...

El hombre y su afán por ser el primero en descubrir "algo" y entrar en los libros de historia...

...ese "afán por pasar a la historia"...

...representado en esta anécdota grabada en un documental sobre descubridores.

Dos ancianos de una tribu africana, se reían a mandíbula batiente cuando recordaban la leyenda que se contaba en su aldea sobre un hombre blanco que había llegado a sus tierras en el s.XIX y que se enorgullecía de haber descubierto un lago o unas cataratas (no lo recuerdo). No podían contener sus carcajadas: “jajaja!! Decía que lo había descubierto y estaba ahí desde siempre!!”.

En fin, ya nos hablaba Einstein de la relatividad, lo que a unos les hace arriesgar sus vidas, a otros les provoca risa.