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sábado, 2 de mayo de 2015

De como las mujeres defendieron con uñas y dientes A Coruña...

Corría el año de 1589 en la ciudad de La Coruña...

...a media tarde del 3 de mayo, el centinela de la atalaya de Estaca de Bares, uno de “Os Avezados”, cuya misión consistía en encender un fuego por cada barco enemigo que avistase -y si fuesen muchos una gran fogata- para que al ser vista la señal desde S. Andrés de Teixido se siguiese retransmitiendo, vio en el horizonte un trazo oscuro que inmóvil se agrandaba. Echó toda la leña al fuego para salir a uña de caballo hacia La Coruña.

En la mañana del jueves 4 de mayo una enorme fogata en Cabo Prioriño avisaba que el destino de la enorme flota inglesa era La Coruña. 
        La Invencible inglesa, a paso lento frente a las costas de Mera se situó a la una del mediodía hacia el interior de la ría sin encontrar la menor resistencia, fondeando fuera del alcance de los cañones del castillo de San Antón, y comenzó en el arenal de Santa María de Oza el desembarco con catorce lanchones de las numerosas tropas: 120 capitanes, 17.390 soldados, 1.380 caballeros, 95 jinetes, 4.100 marineros y 290 colonos.

 La Coruña disponía en ese momento de una guarnición excepcionalmente numerosa, pues a los 150 hombres de Álvaro de Troncoso había que sumar los 500 soldados viejos de infantería de Marina que eran la base de la defensa coruñesa; soldados bragados de los Tercios viejos de infantería española curtidos en mil batallas, compenetrados con sus capacitados oficiales y jefes, que regresaron en los buques de la Gran Armada que vinieron a reparar; y además de estos extraordinarios profesionales, los mejores infantes de su época, hay que contar a 560 coruñeses levantados en armas (220 arcabuceros y 340 piqueros) al mando de Meiranes, Montoto, Cotrofe y Del Lago. Esto hacía una formidable guarnición de unos 1.200 hombres. 

Al amparo de la noche del 5 de mayo, la tremenda oleada invasora ataca con estruendo el muro de la Pescadería. Protegidos por este estruendo los ingleses se embarcan en lanchones y pretenden desembarcar en el arenal, pero son descubiertos y repelidos por las fuerzas de Carvajal y Herrera. Cambian su rumbo hacia la Marina donde logran desembarcar pues los escasos hombres de la reserva del Marqués no consiguen impedir que 1.500 ingleses tomen tierra a espaldas de la parroquia de San Jorge, al pie de la muralla de la Ciudad Alta.

Esa noche los ingleses la dedicaron al saqueo de la Pescadería por ser morada de la mayoría de la población de La Coruña “…e aunque tomaron muchos a prisión…..usaron de muchas crueldades, matando muchos hombres, niños y mujeres, y algunos con fuego y otros con martirios…”

En la organizada defensa de la Ciudad las mujeres fueron, en principio, las encargadas de entregar agua y comida a todos los defensores a fin de que estos no abandonasen sus puestos ni un instante; puntualmente asistir a los heridos y trasladar a los muertos. Días más tarde serían ellas las que suministrarían pólvora, cuerda y proyectiles –que acabaron por hacerse con todo lo que fuese metálico-. 
        Además de este trajín se encargaban de reforzar el perímetro por el interior y terraplenar los cubos huecos consiguiendo así una solidez que las murallas no tenían lo que permitió plantar sobre ellas piezas de artillería. Los niños y los ancianos con movilidad estaban en permanente ayuda y realizaron trabajos tan relevantes como acarrear para dentro de la muralla, desde las lonjas que estaban arrimadas al exterior del muro (zona de la Real Maestranza), todo el bizcocho que allí se guardaba –destinado como alimento a la despensa de los buques que se hacían a la mar- y cuando no pudieron acarrear más por ser sorprendidos por el enemigo incendiaron las lonjas con su contenido para no caer en manos de los ingleses. 

La tarde del día 11 los sitiadores lanzan un masivo y elaborado ataque con escalas en la zona de Puerta Real, y tras demorado combate son rechazados. Esta victoria eleva la moral de los sitiados y lo celebran con cánticos que los ingleses oyen desde sus emplazamientos. 
        La mina (el túnel) progresa por el subsuelo hacia el cubo y creyendo que están bajo él el día 12 hacen explotar una tremenda carga que apenas hizo daños por haberse quedado cortos en la longitud del túnel.
        Ese mismo día por la tarde rematan un baluarte elevado que estuvieron construyendo dentro del convento y comienza el bombardeo ininterrumpido día y noche, hasta que en la mañana del día 14 consiguen abrir brecha. Los hombres del capitán Pedro Ponce y los del alférez Antonio Herrera contienen las primeras oleadas que penetran por la brecha. Los ingleses retroceden y se lo piensan. 
        A las seis de la tarde de ese día 14 los ingleses vuelan el cubo e inician su ataque, pero gracias al apuntalamiento hecho por las mujeres este revienta hacia el exterior desplomándose sobre los atacantes, sepultando a más de 300 hombres de la vanguardia inglesa. 

Los sucesivos ataques desde diversos puntos, propiciados por un invasor que parece no sentir las bajas van desgastando y debilitando el poder defensivo de los sitiados. A medida que esto ocurre las mujeres coruñesas van adquiriendo un mayor protagonismo en todas las tareas de defensa. Ahora ya han dejado a niños y ancianos las labores de apoyo y ellas cargan sus propias armas y las empuñan. En una de las muchas escaramuzas que hubo en Puerta de Aires, María Pita comandando un batallón de mujeres entra en combate en primera línea; después de más dos largas horas de feroz batalla logran la retirada de los ingleses –que no se creían que pudiesen ser rechazados por una tropa con faldas- dejando cientos de muertos y heridos; el desgaste ha sido tan intenso para los sitiadores que ya no volverán a intentarlo, y esta hazaña comentada entre los defensores de la muralla hizo que diversos capitanes utilizasen a las más aguerridas en mayores cometidos.

El lado español ofrecía un panorama desolador, multitud de cadáveres y heridos campaban por doquier y el aspecto de los que aún se aguantaban en pie daba verdadera pena pues buena parte de ellos estaban heridos.

        El fuego británico se hizo más intenso. Cientos de hombres se dispusieron definitivamente a entrar.
Hubo un instante de asombro, pero de inmediato los defensores se lanzaron armados de picas a la brecha. Certeros disparos ingleses los barrieron, era el fin; los coruñeses ofrecían el triste momento de sucumbir ante el enemigo. ¡Ya son nuestros! Voceó un gigantesco alférez inglés luciendo una deslumbrante armadura que le cubría todo el cuerpo; estaba alcanzando lo más alto de la brecha seguido de sus soldados y con unos pasos más ya sólo tendría que descender para entrar en la Ciudad. El sol del atardecer recortaba su silueta con destellos dorados y dibujó el majestuoso trasluz de su gran bandera al viento, como si el dios Helios quisiese adornar una figura victoriosa y anunciar a los sitiados el horrendo desenlace.

        María Pita que se había arrodillado para atender vanamente a un tonelero se incorporó y clavó los ojos en aquella figura imponente que farfullaba cosas ininteligibles. Eran seres como aquellos los que habían matado a su marido, a Sebastián, a Inés y a tantos y tantos otros coruñeses sólo por el hecho de serlo. Miró a su alrededor y vio a sus vecinos paralizados y horrorizados ante lo que se les venía encima. Su tristeza fue velada por una ciega ira y supo que el objetivo de su vida era derribar a aquel arrogante ser extranjero. Cogiendo la pica de Sebastián, la corpulenta joven subió muy deprisa, fuera de sí, a la brecha, y se abalanzo temerariamente contra el sorprendido alférez sin darle tiempo a reaccionar. Hundió entonces la pica en su vientre.
        En los ojos del gigante, atravesado de parte a parte, se leyó la sorpresa más absoluta. María lo despeñó piedras abajo, pero antes aferró el asta de su bandera y la exhibió mirando a sus conciudadanos, aunque su enmarañada melena, en lo alto de la batería fue vista desde ambos bandos.

        ¡Ayudadme a echarlos de aquí!¡Quien tenga honra que me siga! –gritó.
Y aquel grito inició una leyenda.
        Las mujeres, en ese momento, emulando a María Pita, se encaramaron en masa a las murallas y a la brecha, produciendo una avalancha que hizo recular la ofensiva. En medio de ensordecedor griterío femenino lanzaron una lluvia de piedras que acabó de aturdir a las compañías inglesas que veían como su bandera se quedaba en manos enemigas.

        "Y es que las mugeres e hijos acudían a las partes mas peligrosas con mucho ánimo con muchas piedras con las cuales tiraban a los enemigos con que les descalabraban e azian mucha ofensa…"


3 comentarios:

  1. A Coruña, Xoves 4 de maio de 1589...
    ...O vento do nordés empuxa cara á cidade o fume resultante do lume que prendeu e arrasa o monte do cabo Priorio e se espalla ata a praia de Doniños, alá contra Ferrol, da outra banda da ría. Tal é a súa magnitude. Cada vez que o vixiante outea no mar a posibilidade dun navío que se lle antolle que poida vir en son de guerra, prende unha fogueira. Unha por cada vela que albisque. Pero hoxe son tantas, as que o vixiante viu que se achegaban, que decidiu prenderlle lume ao monte enteiro converténdoo nunha cacharela infernal...

    María das Batallas, Alfredo Conde

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  2. Desde los tiempos de Felipe II ostentó A Coruña la condición de plaza fuerte, y ya desde la Edad Media estaba fortificada, pues de aquel período era la muralla que rodeaba la Ciudad Alta o Vieja. El arrabal de la Pescadería, residencia de marineros y mercaderes, también contaba para su defensa con una muralla en su frente de tierra, que se extendía desde el Orzán, donde se encontraba el baluarte del Caramanchón, hasta el puerto, donde se hallaba el fuerte del Malvecín.
    No existía sin embargo defensa alguna que protegiese el frente del puerto, por la desaparecida playa de la Marina, ni el arenal del Orzán, que quedaban al descubierto.
    A Coruña continuaría manteniendo sus murallas hasta mediados del siglo XIX. En 1840 el Ayuntamiento acordó el derribo de las que separaban la Ciudad Alta de la Pescadería. Aquel acuerdo municipal pretendió ser un importante paso para el desarrollo urbano, con la creación de nuevos espacios de comunicación y esparcimiento, aunque hoy con una visión diferente de las cosas, la ciudad herculina tendría mayor atractivo si hubiese conservado sus fortificaciones.
    Actualmente figurarían sin duda en las guías turísticas y en las postales. El derribo de las murallas de la Pescadería se iniciaría en 1869 y permitiría el trazado de la calle Juana de Vega y el ensanche de la población. Únicamente permanecería unos años más la batería de Salvas (situada en el antiguo fuerte del Malvecín), hasta su demolición finalizada en 1905, que posibilitaría la creación de los jardines de la Rosaleda.

    el espigón
    En nuestros días, como último vestigio de aquellas antiguas fortificaciones de la Pescadería no se conserva más que la Coraza del Orzán, antiguo espigón artillado avanzado hacia el mar. Su aspecto actual es el resultado de una reforma del año 1763 y se halla integrada en el Paseo Marítimo como rompeolas y mirador que se asemeja a la popa invertida de un barco, contra la que rompen en el invierno las furias del proceloso océano. No obstante, este espigón del Caramanchón se halla desvirtuado sin los elementos que lo caracterizaban. Originalmente, contaba en su extremo con una garita de vigilancia costera, cuya base (lámpara y cordón) aún está perfectamente conservada y es visible desde la playa de Riazor.
    En ese mismo lateral de la Coraza había varios cañones emplazados para la defensa (tal com se puede observar en el plano de la época).
    Estos datos invitan a una adecuada reconstrucción pericial que realce su estética como elemento histórico-decorativo del Paseo Marítimo. Ello exigiría incorporar la referida garita (reconstruyendo el cuerpo y cúpula con su correspondiente ornamento, sobre la base ya existente) y reemplazar la impropia barandilla de cobre, por los pertinentes merlones distintivos y cañoneras para las piezas de artillería, tal y como vemos en la batería del Parrote.

    patrimonio
    Esta intervención subsanaría definitivamente la desidia de anteriores corporaciones municipales y al preservar el patrimonio histórico, daría vigor al consonante eslogan: “Así hacemos historia, conservando nuestro pasado”. Constituiría un loable logro, un indiscutible mérito.
    Planteamos esta “Coruña posible” con la expectativa de que pronto sea una realidad la conversión de la Coraza, ejecutada con maestría, de modo que podamos admirar su nueva y genuina imagen (la de verdad), emulando con su batería de cañones al saliente defensivo del castillo de San Felipe del Morro, en San Juan de Puerto Rico.

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  3. EL PASADO DEL PUERTO DE A CORUÑA...
    http://peixecoruna.com/blog/el-pasado-del-puerto-de-a-coruna-2/

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