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miércoles, 26 de noviembre de 2014

Inteligencia emocional...

Cada persona es responsable de sus estados emocionales y, por tanto, de la gestión de las mismas. Si hacemos responsable a otro de nuestras emociones, perdemos la capacidad de gestionarlas y cedemos todo el poder de la gestión al otro.

Habilidad totalmente flexible que permite hacer frente a la situación en la que nos encontremos, no sólo por las exigencias propias de la situación, sino también por las exigencias de nuestra personalidad y nuestras necesidades...


...su labor es desarrollar la interacción entre lo que pensamos y lo que sentimos; reconocer nuestras emociones, razonar y solucionar problemas a partir de ellas es clave para desarrollar esta capacidad compuesta por las siguientes cuatro habilidades...

1. La percepción, la evaluación y la expresión emocional...
...saber reconocer nuestras emociones, identificarlas y ponerles un nombre; saber identificar las emociones expresadas por los demás y expresarlas adecuadamente.

2. La facilitación emocional...
...ser capaz de traer las emociones al presente para tomar decisiones más inteligentes y coherentes y balancear las opciones que mejor te vayan a hacer sentir.

3. Comprensión emocional...
...comprender sentimientos complejos o contradictorios, sabiendo relacionar nuestras emociones y comprendiendo el paso de unas emociones a otras...
"...cómo pensamos, determina lo que sentimos y cómo actuamos."

4. La regulación emocional...
...ser capaz de admitir y estar receptivos a sentir las emociones como positivas por lo que simbolizan y por lo que nos informan (es importante sentir tristeza ante una pérdida o enfadarnos cuando alguien nos ha hecho daño)...
...es imprescindible saber gestionarlas de forma eficaz.

Vive cada emoción en su momento, sin reprimirla, sintiendo como traspasa cada poro de tu cuerpo; empápate de ella, percibe como aparece, como fluye y como, al final, se va, se retira; dejando ese poso de "nueva experiencia" que se produce cuando uno realmente ha sentido la emoción.

"La habilidad para percibir, valorar y expresar emociones con exactitud; la habilidad para acceder y/o generar sentimientos que faciliten el pensamiento; la habilidad para comprender emociones y el conocimiento emocional, la habilidad para regular las emociones promoviendo un crecimiento emocional e intelectual."

Salovey y Mayer.


lunes, 17 de noviembre de 2014

Somos lo que poseemos...

"Las necesidades humanas fundamentales son finitas, pocas y clasificables, son las mismas en todas las culturas y en todos los períodos históricos. Lo que cambia, a través del tiempo y de las culturas, es la manera o los medios utilizados para la satisfacción de las necesidades"

Manfred Max Neef (Desarrollo a Escala Humana, 1993


A menudo,en la historia, se ha creído que las necesidades humanas tienden a ser infinitas, a cambiar constantemente, a variar de una cultura a otra y en cada periodo histórico. Sin embargo, frecuentemente cometemos el error de no saber distinguir entre las necesidades propiamente dichas y las estrategias para satisfacerlas.
Por ejemplo, uno podría sentir la “necesidad” de tener una bicicleta -o un Ferrari-. Sin embargo,las necesidades realmente subyacentes residen en la libertad de movimiento, la total disponibilidad temporal de la misma, la necesidad de ocio y ejercicio, conexión con la naturaleza, etc. Tener esa bici es tan sólo una estrategia de las infinitas posibilidades para satisfacer esa necesidad de libre movilidad


“Somos lo que poseemos. El hombre que posee dinero es el dinero, el hombre que se identifica con la propiedad es la propiedad, o la casa, los muebles. Lo mismo sucede con las ideas o con la gente, y cuando existe ese afán posesivo, no hay relación. Sin embargo, la mayoría poseemos porque si no, no tenemos nada más; si no poseemos somos cascarones vacíos. Por eso llenamos nuestra vida con muebles, música, conocimientos, con esto o aquello. Este cascarón hace mucho ruido y a ese ruido lo llamamos vivir y con eso, estamos satisfechos. Pero si surge una contrariedad, una pérdida, entonces sufrimos porque de pronto descubrimos lo que somos, un cascarón vacío sin mucho significado.”


Jiddu Krishnamurti


lunes, 10 de noviembre de 2014

El amor y Shakespeare... la sonrisa y la felicidad

"Roza siquiera mis labios con esos bellos labios tuyos,
que aunque los míos no sean tan hermosos, también son rojos,
el beso será tanto tuyo como mío...
...qué miras sobre el césped??? Levanta tu cabeza,
mira mis pupilas, donde tu belleza yace eternamente;
por qué no, pues, labios con labios, si ya están tus ojos en mis ojos???

Sientes vergüenza de besar??? Cierra, pues, tus ojos,
y yo cerraré los míos; así, el día, nos parecerá noche;
el amor revela sus secretos donde se encuentran dos a solas:
sé audaz para jugar al amor, nuestro juego no está a la vista...
...nuestros corazones de venas enamoradas en que nos apoyamos
nunca podrán delatarnos ni saber lo que deseamos."

William Shakespeare



Ser consciente de nuestras emociones y nuestra gesticulación -no verbal- nos hace partícipes de lo que siente el otr@...

...Yo lo que hago bien, es hacer felices a los demás.

Amor es...
...Cuando necesitamos compartir todo y durante toda la vida con alguien y deseamos su evolución positiva.

Quien sonríe con su cara y con su alma, es porque se siente feliz...

...todos necesitamos que las personas nos sonrían.
"La risa es la distancia mas corta existente entre dos personas, porque sintoniza de inmediato sus sistemas límbicos; y al igual que la risa, los estados de ánimo se contagian."

Sé feliz, sonríe; te sonreirán y serán felices...


lunes, 3 de noviembre de 2014

La resistencia... Ernesto Sábato.

"Solamente el individuo que no se encuentra atrapado en la sociedad puede influir en ella de manera fundamental."
"No es signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma."

“Uno es el mundo, no está separado del mundo, no es americano, ruso, hindú o musulmán. Uno no es ninguna de estas etiquetas y palabras, uno es el resto de la humanidad, porque su consciencia, sus reacciones son similares a las de los demás. Puede que hable un idioma diferente, tenga diferentes costumbres, eso es la cultura superficial, todas las culturas aparentemente son superficiales, pero su consciencia, sus reacciones, su fe, sus creencias, sus ideologías, sus miedos, ansiedades, su soledad, sufrimiento y placer son similares al resto de la humanidad. Si usted cambia, eso afectará a toda la humanidad.”

Jiddu Krishnamurti


Lo Peor es el vértigo. En el vértigo no se dan frutos ni se florece. Lo propio del vértigo es el miedo, el hombre adquiere un comportamiento de autómata, ya no es responsable, ya no es libre, ni reconoce a los demás.
Se me encoge el alma al ver a la humanidad en este vertiginoso tren en que nos desplazamos, ignorantes atemorizados sin conocer la bandera de esta lucha, sin haberla elegido.
El clima de Buenos Aires ha cambiado. En las calles, hombres y mujeres apresurados avanzan sin mirarse pendientes de cumplir con horarios que hacen peligrar su humanidad. Ya sin lugar para aquellas charlas de café que fueron un rasgo distintivo de esta ciudad, cuando la ferocidad y la violencia no la habían convertido en una megalópolis enloquecida. Cuando todavía las madres podían llevar a sus hijos a las plazas, o visitar a sus mayores. ¿Se puede florecer a esta velocidad? Una de las metas de esta carrera parece ser la productividad, pero ¿acaso son estos productos verdaderos frutos?
El hombre no se puede mantener humano a esta velocidad, si vive como autómata será aniquilado. La serenidad, una cierta lentitud, es tan inseparable de la vida del hombre como el suceder de las estaciones lo es de las plantas, o del nacimiento de los niños.
Ya nada anda a paso de hombre, ¿acaso quién de nosotros camina lentamente? Pero el vértigo no está sólo afuera, lo hemos asimilado a la mente que no para de emitir imágenes, como si ella también hiciese “zapping”; y, quizás, la aceleración haya llegado al corazón que ya late en clave de urgencia para que todo pase rápido y no permanezca.
Estamos en camino pero no caminando, estamos encima de un vehículo sobre el que nos movemos sin parar, como una gran planchada, o como esas ciudades satélites que dicen que habrá. Ya nada anda a paso de hombre, ¿acaso quién de nosotros camina lentamente? Pero el vértigo no está sólo afuera, lo hemos asimilado a la mente que no para de emitir imágenes, como si ella también hiciese “zapping”; y, quizás, la aceleración haya llegado al corazón que ya late en clave de urgencia para que todo pase rápido y no permanezca. Este común destino es la gran oportunidad, pero ¿quién se atreve a saltar afuera? Tampoco sabemos ya rezar porque hemos perdido el silencio y también el grito.
En el vértigo todo es temible y desaparece el diálogo entre las personas. Lo que nos decimos son más cifras que palabras, contiene más información que novedad. La pérdida del dialogo ahoga el compromiso que nace entre las personas y que puede hacer del propio miedo un dinamismo que lo venza y les otorgue una mayor libertad. Pero el grave problema es que en esta civilización enferma no sólo hay explotación y miseria, sino que hay una correlativa miseria espiritual. La gran mayoría no quiere la libertad, la teme. El miedo es un síntoma de nuestro tiempo. Al extremo que, si rascamos un poco la superficie, podremos comprobar el pánico que subyace en la gente que vive tras la exigencia del trabajo en las grandes ciudades. Es tal la exigencia que se vive automáticamente, sin que un sí o un no haya precedido a los actos.
La mayoría de la humanidad es empleada de un poder abstracto. Hay empleados que ganan más y otros que ganan menos. Pero ¿quién es el hombre libre que toma las decisiones? Ésta es una pregunta radical que todos hemos de hacernos hasta escuchar, en el alma, la responsabilidad a la que somos llamados.
Creo que hay que resistir: éste ha sido mi lema. Pero hoy, cuántas veces me he preguntado cómo encarnar esta palabra. Antes, cuando la vida era menos dura, yo hubiera entendido por resistir un acto heroico, como negarse a seguir embarcado en ese tren que nos impulsa a la locura y al infortunio. ¿Se le puede pedir a la gente del vértigo que se rebele? ¿Puede pedirse a los hombres y a las mujeres de mi país que se nieguen a pertenecer a este capitalismo salvaje si ellos mantienen a sus hijos, a sus padres? Si ellos cargan con esa responsabilidad, ¿Cómo habrían de abandonar esa vida?
Ernesto Sabato La Resistencia 1
La situación ha cambiado tanto que debemos revalorar, detenidamente qué entendemos por resistir. No puedo darles una respuesta. Si la tuviera saldría como el Ejercito de Salvación, o esos creyentes delirantes -quizás los únicos que verdaderamente creen en el testimonio- a proclamarlo en las esquinas, con la urgencia que nos separan de la catástrofe. Pero no, intuyo que es algo menos formidable, más pequeño, como la fe en un milagro lo que quiero transmitirles en esta carta. Algo que corresponde a la noche en que vivimos, apenas una vela, algo con qué esperar.

Las dificultades de la vida moderna, el desempleo y la superpoblación han llevado al hombre a una dramática preocupación por lo económico. Así como en la guerra la vida se debate entre ser soldado o estar herido en algún hospital, en nuestros países, para infinidad de personas, la vida está limitada a ser trabajador de horario completo o quedar excluido. es grande la orfandad que cunde en las ciudades; la gran soledad de la persona original es una de las tragedias del vértigo y de la eficiencia.
La primera tragedia que debe ser urgentemente reparada es la desvalorización de sí mismo que siente el hombre, y que conforma el paso previo al sometimiento y a la masificación. Hoy el hombre no se siente un pecador, se cree un engranaje, lo que es tragicamnete peor. Y esta profanación puede ser únicamente sanada con la mirada que cada uno dirige a los demás, no para evaluar los méritos de su realización personal ni analizar cualquiera de sus actos. Es un abrazo el que nos puede dar el gozo de pertenecer a una obra grande que a todos nos incluya.
Si a pesar del miedo que nos paraliza volviéramos a tener fe en el hombre, tengo la convicción de que podríamos a vencer el miedo que nos paraliza como a cobardes. Yo he pasado riesgos de muerte durante años. ¿Sin miedo?. No, he tenido miedo hasta la temeridad pero no he podido retroceder. Si no hubiese sido por mis compañeros, por la pobre gente con la que ya me había comprometido, seguramente hubiera abandonado. Uno no se atreve cuando está solo y aislado, pero sí puede hacerlo sí se ha hundido tanto en la realidad de los otros que no puede volverse atrás. Cuando trabajé en la CONADEP, de noche soñaba aterrado que aquellas torturas, frente a las cuales yo hubiera preferido la muerte, eran sufridas por las personas que yo más quería. Impávido en el sueño, luego me despertaba angustiado y sin saber cómo seguir, pero horas después no podía negarme a escuchar a quienes pedían que yo los recibiera. No podía, era inadmisible que hubiese dicho que no a esos padres cuyos hijos, en verdad, habían sido masacrados.
Las más de las veces los hombres no nos acercamos, siquiera al umbral de lo que está pasando en el mundo, de lo que nos está pasando a todos, y entonces perdemos la oportunidad de habernos jugado, de llegar a morir en paz, domesticados en la obediencia a una sociedad que no respeta la dignidad del hombre. Muchos afirmarán que lo mejor es no involucrarse, porque los ideales finalmente son envilecidos como esos amores platónicos que parecen ensuciarse con la encarnación. Probablemente algo de eso sea cierto, pero las heridas de los hombres nos reclaman.
Quiero decirles que no lo podía hacer por que ya estaba adentro, involucrado. Así es, uno se anima a llegar al dolor del otro, y la vida se convierte en un absoluto. Las más de las veces los hombres no nos acercamos, siquiera al umbral de lo que está pasando en el mundo, de lo que nos está pasando a todos, y entonces perdemos la oportunidad de habernos jugado, de llegar a morir en paz, domesticados en la obediencia a una sociedad que no respeta la dignidad del hombre. Muchos afirmarán que lo mejor es no involucrarse, porque los ideales finalmente son envilecidos como esos amores platónicos que parecen ensuciarse con la encarnación. Probablemente algo de eso sea cierto, pero las heridas de los hombres nos reclaman.
Pero esto exige creación, novedad respecto de lo que estamos viviendo y la creación sólo surge en la libertad y está estrechamente ligada al sentido de la responsabilidad, es el poder que vence al miedo. El hombre de la posmodernidad está encadenado a las comodidades que le procura la técnica, y con frecuencia no se atreve a hundirse en experiencias hondas como el amor o la solidaridad. Pero el ser humano, paradójicamente sólo se salvará si pone su vida en riesgo por el otro hombre, por su prójimo, o su vecino, o por los chicos abandonados en el frío de las calles, sin el cuidado que esos años requieren, que viven en esa intemperie que arrastrarán como una herida abierta por el resto de sus días. Son doscientos cincuenta millones de niños los que están tirados por las calles del mundo.
Estos chicos nos pertenecen como hijos y han de ser el primer motivo de nuestras luchas, la más genuina de nuestras vocaciones.
De nuestro compromiso ante la orfandad puede surgir otra manera de vivir, donde el replegarse sobre sí mismo sea escándalo, donde el hombre pueda descubrir y crear una existencia diferente. La historia es el más grande conjunto de aberraciones, guerras, persecuciones, torturas e injusticias, pero, a la vez, o por eso mismo, millones de hombres y mujeres se sacrifican para cuidar a los más desventurados. Ellos encarnan la resistencia.

Se trata ahora de saber, como dijo Camus, si su sacrificio es estéril o fecundo, y éste es un interrogante que debe plantearse en cada corazón, con la gravedad de los momentos decisivos. En esta decisión reconoceremos el lugar donde cada uno de nosotros es llamado a oponer resistencia; se crearán entonces espacios de libertad que puerden abrir horizontes hasta el momento inesperados.
Es un puente el que habremos de atravesar, un pasaje. No podemos quedar fijados en el pasado ni tampoco deleitarnos en la mirada del abismo. En este camino si salida que enfrentamos hoy, la recreación del hombre y su mundo se nos aparece no como una elección entre otras sino como un gesto tan impostergable como el nacimiento de la criatura cuando es llegada su hora.
Los hombres encuentran en las mismas crisis la fuerza para su superación. Así lo han mostrado tantos hombres y mujeres que, con el único recurso de la tenacidad y el valor, lucharon y vencieron a las sangrientas tiranías de nuestro continente. El ser humano sabe hacer de los obstáculos nuevos caminos porque a la vida le basta el espacio de una grieta para renacer. En esta tarea lo primordial es negarse a asfixiar cuanto de vida podamos alumbrar. Defender, como lo han hecho heroicamente los pueblos ocupados, la tradición que nos dice cuánto de sagrado tiene el hombre. No permitir que se nos desperdicie la gracia de los pequeños momentos de libertad que podemos gozar: una mesa compartida con gente que queremos, unas criaturas a las que demos amparo, una caminata entre los árboles, la gratitud de un abrazo. Un acto de arrojo como saltar de una casa en llamas. Éstos no son hechos racionales, pero no es importante que lo sean, nos salvaremos por los efectos.
El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria.