Páginas vistas en total

viernes, 23 de agosto de 2013

Vivimos en el mundo del demasiado pero no suficiente...

Vivimos en el mundo del demasiado pero no suficiente; del acceso inmediato a placeres ilegales pero legítimos como antídoto; el mundo de la violencia sin reparos, sin límites, sin quizás, otro resultado posible, que una lenta perpetuación; el mundo del placer compulsivo, sin medida, fuera de cualquier lógica; el mundo de la búsqueda del vértigo, que nos lleva al encuentro del infierno; el mundo de la belleza degenerada del vacío, que conforman nuestras ilusiones perdidas, nuestros sueños incapaces; el mundo en donde las intenciones son inmensas, pero las acciones son diminutas; cada cual posee su caja de resonancia que revela las heridas hundidas en su alma; en nuestros ojos muertos se reflejan las sombras de aquellos que nos han fallado, criticando su culpa, eximiéndonos de la nuestra; el mundo de las palabras mentirosas que buscan esconder esa comunicación no verbal que intenta delatarnos; para qué soñar, si luego lloro, y no puedo soportarlo; la vida se perfila demasiado opulenta y nebulosa, para dejar sitio a nuestros sueños, a nuestras ilusiones; vivimos sedientos y hambrientos de creencias y prejuicios, que nos conducen a obrar como necios, incluso a sabiendas del daño que causamos; este mundo y su sistema de dominación nos conduce a la degeneración del propio sistema, que se devora a sí mismo; los muertos son sólo números, mientras contamos nuestros billetes; cada vez somos más, lo que tenemos, y menos lo que sentimos; los principios son el papel con el que limpiamos nuestra mierda, mientras exigimos su cumplimiento al vecino, obligándolo a que recicle los suyos, convirtiéndolos en los nuestros, para que su mierda no nos salpique; nos maltratamos, nos engañamos, intentando encontrar una coherencia que no nos raje las entrañas, mientras pensamos una cosa, decimos otra, haciendo la contraria; aceptamos la represión de quienes se encuentran por encima de nosotros, sin considerarla violencia, por miedo a nombrarla y que nos golpee, porque si no la nombramos, creemos que no duele; es el mundo que nos engaña protegiéndonos de las consecuencias de nuestros errores, antes incluso de cometerlos, traicionando nuestras vidas, porque dejan de ser nuestras; la transgresión deja de tener sentido si copula con el engranaje de la explotación y profundiza en la ideología de la incompetencia; la curiosidad ha dejado de mover el mundo, porque la gran mayoría de las personas solo se preocupa de guardar sus apariencias...

Y ahora dejo aquí un cuento que refleja la desidia a la que puede llegar el ser humano empujado por sus creencias...

EL HOMBRE QUE SE CREÍA MUERTO

Jorge Bucay en "Recuentos para Demián"

Había un señor muy aprensivo respecto de sus propias
enfermedades y sobre todo, muy temeroso del día en que le llegara la muerte.

Un día, entre tantas ideas locas, se le ocurrió que quizás él ya estaba muerto. Entonces le preguntó a su mujer:
—Dime mujer, ¿no estaré muerto yo?
La mujer rió y le dijo que se tocara las manos y los pies.
—Ves, ¡están tibios! Bien, eso quiere decir que estás vivo- Si estuvieras muerto, tus manos y tus pies estarían helados.
Al hombre le sonó muy razonable la respuesta y se tranquilizó.

Pocas semanas después, el hombre salió bajo la nieve a hachar algunos árboles. Cuando llegó al bosque se sacó los guantes y comenzó a hachar.
Sin pensarlo, se pasó la mano por la frente y notó que sus manos estaban frías. Acordándose de lo que le había dicho su esposa, se quitó los zapatos y las medias y confirmó con horror que sus pies también estaban helados.
En ese momento ya no le quedó ninguna duda, se “dio cuenta” de que estaba muerto.
—No es bueno que un muerto ande por ahí hachando árboles –se dijo. Así que dejó el hacha al lado de su mula y se tendió quieto en el piso helado, las manos en cruz sobre el pecho y los ojos cerrados.

A poco de estar tirado en el piso, una jauría comenzó a acercarse a las alforjas donde estaban las provisiones. Al ver que nada los paraba, destrozaron las alforjas y devoraron todo lo que había de comestible. El hombre pensó:
—Suerte que tienen que estoy muerto que si no, yo mismo los echaba a patadas.

La jauría siguió husmeando y descubrió el burro atado a un árbol. Fácil presa era de los filosos dientes de los perros. El burro chilló y coceó pero el hombre sólo pensó qué lindo sería defenderlo, si no fuera porque él estaba muerto.
En algunos minutos dieron cuenta del burro, sólo unos pocos perros seguían royendo algún hueso.

La jauría, insaciable, siguió rondando el lugar.
No pasó mucho tiempo hasta que uno de los perros olió el olor del hombre. Miró a su alrededor y vio al hachero tirado inmóvil en el piso. Se acercó lentamente (muy lentamente, porque el hombre era muy peligroso y engañador).
En pocos instantes, todos los perros babeando sus fauces rodearon al hombre.
—Ahora me van a comer –pensó—. Si no estuviera muerto, otra sería la historia.

Los perros se acercaron...
...y viendo su inacción se lo comieron.

2 comentarios:

  1. "La enfermedad es el esfuerzo que hace la naturaleza para curar al hombre."

    C.G.Jung

    ...prefiero ser un individuo completo, -como decía Jung- que una persona buena.

    ResponderEliminar
  2. Las religiones no existen...
    ...no son más que la suma de lo que piensan en un momento concreto de la historia quienes han nacido en un mismo lugar, y que siendo adoctrinados por sus padres, tutores, profesores o la sociedad, o todos juntos, se reconocen como parte de una inducida espiritualidad común institucionalizada.

    Mi religión, poder dormir en paz cada día, al acostarme; que mis fines no puedan traicionar a mis principios; respetar a los demás, también a los creyentes; no puedo aceptar el pensamiento dogmático, que me digan una verdad revelada que no sé quién la reveló ni cómo ni por qué; y que jamás el odio se haga un sitio en mis entrañas.

    La manifestación deja de tener sentido si copula con el engranaje de la explotación, se origina en la élite que oprime y profundiza en la ideología de la incompetencia.

    ResponderEliminar