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jueves, 12 de febrero de 2015

La fiesta de la insignificancia... Milan Kundera.

La gente se va encontrando en la vida, discute, se pelea, sin darse cuenta de que se interpelan de lejos los unos a los otros, cada cual desde un observatorio situado en distinto lugar en el tiempo.
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Los muertos... ya sin testigos fehacientes, sin un sólo recuerdo real, pasan a ser marionetas, nadie tiene derecho de crear a una persona a partir de una marioneta.
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Se verá obligada a luchar, a luchar para salvar su muerte... (lucha porque está intentando suicidarse tirándose desde un puente a un río, y un transeúnte, al verla, intenta salvarla) ... y el que quiso imponerle la vida ha muerto en su lugar.
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Intentamos proyectar en los demás el oprobio de la culpabilidad. Vencerá el que consiga hacer que el otro se sienta culpable. Perderá el que confiese su culpa.
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Cada ser humano es el calco del segundo durante el que ha sido concebido.
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Kant pensaba que hay una "cosa en sí". Que detrás de nuestras representaciones, hay una cosa (verdad) objetiva, que no podemos conocer, pero que es real. Pero nada real hay detrás de nuestras representaciones. Lo único que hay detrás de esas representaciones -nos explicaba Schopenhauer- es la voluntad, que es lo que nos hace creer que es real.
Hay tantas representaciones del mundo como personas en nuestro planeta. 
El problema es cuando surge un dictador que intenta imponer su voluntad para evitar el caos de las otras representaciones, al final, todos y todas se rinden a la representación de la voluntad del dictador y la gente termina por creer cualquier cosa, para luego con el tiempo, cuando el que ejerce la voluntad desaparece, dejar de creer en todo.
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Cualquier "cosa" humana deja de ser objetiva, no es más que la propia representación subjetiva, o lo que es lo mismo, lo que has podido ver a tu alrededor con tus propios ojos.
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Siempre imagino a esa primera mujer, una Eva primigenia pariendo vida, la primera mujer y la única sin ombligo, de ella parten luego todos los cordones umbilicales, a ella nos remontamos todos y ella permanece en nuestra memoria, como la primera y única mujer sin ombligo.
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Ahora, en estos tiempos convulsos, saturados de exposiciones visuales, es la palabra la que vale más que mil imágenes.
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Están dispuestos a ir a cualquier parte, a hacer lo que sea, tan sólo para matar el tiempo con el que no saben que hacer. No conocen nada, de modo que se dejan llevar. son magníficamente llevables.
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La insignificancia es la esencia de la existencia.

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