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lunes, 2 de marzo de 2015

“Todos nuestros hijos son inteligentes”.

Un dicho común entre los aborígenes de Australia es...
 “Todos nuestros hijos son inteligentes”. 

Cualquier madre gikuyu, en Kenia, sabe que para asignarle una tarea a un niño has de esperar hasta que ves que está preparado para ello. Cualquier padre baiga, de los bosques tropicales de la India, sabe que si un niño intenta hacer algo y luego recula, hay que dejarle tranquilo, porque volverá a intentarlo de nuevo más tarde. Cualquier anciano yup’ik sabe que los niños aprenden mejor de los cuentos que de los sermones, de la experiencia directa que de la instrucción. Cualquier madre o padre fore, de Papúa Nueva Guinea, sabe que los niños a veces aprenden mejor imitando a otros niños, no bajo la tutela de los adultos.

Cualquier padre maorí sabe que tienes que observar a un niño pacientemente, en silencio, sin interferir, para aprender si tiene en su interior la naturaleza del guerrero o del sacerdote. Nuestros hijos vienen a nosotros como seres que buscan, nos dicen los maestros maoríes, seres atravesados por dos ríos: el ceslestial y el físico, el que sabe y el que aún no sabe. Su lucha es integrar ambos. Nuestro papel como adultos consiste en apoyar este proceso, no en moldearlo. No nos corresponde a nosotros controlarlo.

Cualquier madre maorí sabe que los niños no aprenden siguiendo una línea recta ascendente sino con un patrón escalonado: dan un salto hacia delante, luego se mantienen, y vuelven a saltar. Su aprendizaje es un río subterráneo, no puedes verlo, ni siquiera puedes sentirlo a veces. Y luego alzan el vuelo. No puedes controlarlo; no puedes atribuírtelo. Es suyo. Tienes que estar ahí, brindándoles afecto y estabilidad, herramientas y recursos, respondiendo sus preguntas, contándoles cuentos, conversando con ellos como si fueran adultos y haciendo tareas adultas y significativas en su presencia. Pero cuando alzan el vuelo es con sus propias alas.

Cualquier padre yanomami sabe que no tienes que obligar a los niños a aprender nada, sólo tienes que darles las herramientas que necesiten y dejarles jugar. Cualquier abuela cree sabe que si ves a un niño haciendo algo inapropiado, no le avergüenzas apuntándoselo en voz alta, sino que silenciosamente, sin aspavientos, le muestras la forma correcta de hacerlo. Cualquier anciano odawa sabe que un niño puede aprender más de tu silencio que de tus palabras.

Cualquier padre inuit sabe que a los niños les contamos cuentos por la noche, cuando su mente está relajada y expansiva, y antes del sueño, cuando las palabras y las imágenes se adentrarán en su alma. La ciencia está redescubriendo que la memoria se consolida por la noche, a pesar de los “datos” recogidos por la generación anterior, que “demostraban” que los niños aprenden mejor por la mañana. Los niños a menudo escuchan mejor por la noche, hacen preguntas más profundas de noche, son capaces de imaginar más vívidamente por la noche. A la luz del día, la mente mira afuera, hacia el mundo, y los niños con frecuencia quieren moverse y estar activos y tener interacciones sociales, y las cosas que escuchas por la mañana pueden rebotar contra toda esta actividad frenética igual que una polilla rebota al chocar con las aspas de un ventilador. Las cosas que escuchas por la noche se interiorizan, entran en tus sueños, se hacen parte de ti sin esfuerzo.



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